jueves, 1 de septiembre de 2011

EL EXTRANJERO DE ALBERT CAMUS Y LA NOVELA FILOSÓFICA.


Es significativo el título que Camus elige para esta breve pero intensa novela. El extranjero del que Camus habla no tiene nada ver con la nacionalidad del protagonista o con que se encuentre fuera de su lugar de origen.

La idea que aquí se quiere transmitir es la de algo que se estaba produciendo en los años en que escribió la novela. El siglo XX ha sido un siglo cargado de migraciones. Unas, hasta cierto punto, voluntarias, buscando una vida mejor, con mayores oportunidades, buscando la ganancia económica con vistas a regresar al país de origen con los ahorros generados. Las otras, las que nos interesan, obligadas. El siglo comienza con la Revolución Rusa de 1905, sigue la Primera Guerra Mundial del 14 y mientras ésta se desarrolla, la Revolución Rusa del 17. Cuando parecía superado este comienzo turbulento del siglo,  (cuando en España se abría la ilusión de que el sistema democrático podía funcionar con el advenimiento de la Segunda República, estalla nuestra última Guerra Civil, con las desastrosas consecuencias a nivel general y filosófico en particular, que ya todos conocemos). Nada más finalizar nuestra guerra, comienza la Segunda Guerra Mundial, con el genocidio nazi o la barbarie de Hiroshima y Nagasaki. Después, el mundo queda constituido en bloques que representan lo peor de los vencedores, GULAG e Imperialismo provocan millones de asesinados y desplazados. Hasta nuestros días llegan las resonancias de la Guerra Fría en zonas como Oriente Próximo o la antigua Yugoslavia. Por no mentar los conflictos en Asia o África. La población mundial ha crecido como nunca antes lo había hecho y con ella han aumentado los conflictos bélicos y con éstos los desplazamientos masivos de personas perseguidas que huyen de una muerte segura. El belicoso siglo XX, con sus regímenes autoritarios y totalitarios han provocado innumerables exilios, la mayor parte de ellos de gente anónima y de personas de todas las profesiones. Dentro de estos exilios, los pensadores no han sido una excepción. Si cabe, a ellos les ha sido mucho más necesario abandonar sus lugares de origen ya que suponían una amenaza mayor para sus gobiernos. Para éstos era necesario acallar sus voces críticas, de ahí el puente de plata que se les ofrecía a los que no estuvieran de acuerdo con el régimen establecido. El continente americano se convirtió en lugar de acogida para todos estos exiliados de la Europa en guerra. Sirven de ejemplo los miembros de la Escuela de Frankfurt, del Círculo de Viena, etc.

Pero no es este el extranjero que le interesa a Camus, sino el extranjero interior, aquel que no pertenece a la comunidad en la que ha nacido ni a ninguna, aquel que con la radicalización de la individualidad provoca que el individuo no tenga unos valores comunitarios a los que agarrarse. Por supuesto que en el momento de escribir esta novela no se habían conocido los efectos completos del Holocausto, aunque algo ya se barruntaba, ni se habían producido la mayor parte de los hechos descritos más arriba. Pero lo que se estaba fraguando era una nueva dimensión de lo extranjero, es decir, ser extranjero de la propia humanidad, de uno mismo, no pertenecer a ninguna comunidad, no sentirse identificado con los valores morales predominantes, no haber asimilado como propios los principios de bueno y malo, entre otros, y no llegar a distinguirlos. Ser extranjero de la humanidad supone quedarse sin la tierra de los valores de la comunidad, comunidad que tanto inquietó a Heidegger. Ya Ortega había descrito cómo podía uno acercarse a que significa vivir:

1.      Como primera aproximación diremos que la vida es lo que somos y lo que hacemos. El conjunto de actos y de sucesos que la van amueblando. Lo que Meursautl nos cuenta en la primera parte de la novela es precisamente este vivir.

2.      Vivir es esa extraña realidad única que tiene el privilegio de existir por sí misma. Todo vivir es vivirse, saberse existiendo. Es un descubrimiento incesante que hacemos de nosotros mismos y del mundo en derredor. Vivir es saberse, locura es estar fuera de sí, ido.


3.      Vivir es encontrarse en el mundo (dasein heideggeriano)- “nuestra vida consiste en que la persona se ocupa de las cosas o con ellas, y evidentemente lo que nuestra vida sea depende tanto de lo que sea nuestra persona como de lo que sea nuestro mundo” nos dice Ortega en ¿Qué es filosofía?

4.      Pero el vivir no es elegido por el sujeto sino que se encuentra a sí mismo caído en la vida, proyectado, arrojado. Esta es la perpetua sorpresa de existir, “nos encontramos la vida al encontrarnos a nosotros”. Por ello, vivir es elegir entre varias posibilidades:
·         Vida es libertad en la fatalidad y la fatalidad en la libertad
·         Nos hacemos mientras vivimos.

Desde esta concepción del vivir parte el protagonista de la novela de Camus. El hombre, a la luz de esta metafísica de la vida  humana como realidad radical, es el animal “inadaptado” y “extranjero”   en el sentido de que su patria no es ya la que Heidegger nos describe en su “Construir, habitar, pensar” donde se produce la ontologización del espacio originario considerando la Tierra como la justificación del nacionalismo de la tierra y la lengua germánicas.  Ortega, hace residir la extranjería en la exposición del hombre al vivir, en la aceptación de la vida como de ese acontecimiento dramático. Aquí se unen Nietzsche y Ortega en su defensa del vitalismo, superando el análisis existenciario heideggeriano de muerte y angustia como características de la auténtica conciencia. La vida no será pues, únicamente vista como angustia sino que la vida será empresa.

Esta concepción de la vida, a la que tanto debe el existencialismo, es fundamental para comprender las motivaciones que mueven a Meursautl. Realicemos una pequeña sinopsis de la novela.

Meursautl recibe la notificación de la muerte de su madre en el asilo en el que estaba internada y, desde el principio, comprobamos la indiferencia que el protagonista siente por este hecho. Actúa como se debe actuar según los cánones establecidos, es decir, lo notifica en el trabajo, acude al velatorio y al entierro y vuelve a su vida rutinaria y placentera. En esta primera aproximación a la muerte, la ajena en este caso, Meursautl actúa formalmente como se espera de él. Sin embargo, su comportamiento nos inquieta porque no demuestra dolor ni compasión sino más bien indiferencia. Desde que parte hacia la residencia hasta que vuelve a su rutina su actuación está encaminada a satisfacer sus necesidades más primarias. Se hace hincapié en las sensaciones como el sueño que le vence, el hambre, el calor que padece cuando se dirigen al cementerio. Meursautl tiene que satisfacer estas necesidades primarias al modo en que nos dice Eladio Linacero, protagonista de El pozo de Juan Carlos Onetti: “Hace un par de años creí haber encontrado la felicidad. Pensaba haber llegado a un escepticismo casi absoluto y estaba seguro de que me bastaría comer todos los días, no andar desnudo, fumar y leer algún libro de vez en cuando para ser feliz. Esto y lo que pudiera soñar despierto, abriendo los ojos a la noche retinta”.

Meursautl parece contentarse con esto que Linacero nos cuenta y así nos lo va narrando en la primera parte. Cuando siente hambre como, cuando le apetece bajar a la playa baja, cuando le apetece estar con una mujer busca a Marie, con la que está dispuesto a casarse a pesar de no amarla. Aquí podemos ver como incluso su madre, sola en el asilo, había entablado una fuerte amistad, un verdadero amor con Thomas Pérez, quizá porque ella pertenecía a otra generación que sí necesitaba no sentirse extranjera y que buscaba en el otro su propia felicidad. Vivir, en este sentido, no es más que ir dejando pasar los minutos, las horas, hacer lo que va viniendo.

Así nos cuenta como conoce a Marie el día después del entierro de su madre y como se va desarrollado esta relación. Nos cuenta como es su día a día en la oficina donde trabaja, que aunque pueda parecer una vida gris, a él le basta. Nos cuenta con la misma indiferencia sus conversaciones con los vecinos, casi todos solos o en compañía de sus mascotas, como el viejo Salamano, cuya única razón de existir es la compañía de su perro enfermo tan decrépito como su amo. Nos cuenta como se convierte en camarada de Raymond, no porque le seduzca sino por indiferencia. Nos cuenta como esta relación de camaradería es la que le lleva a pasar el día libre en la playa, cómo se produce el altercado con los árabes que perseguían a Raymond por vejar a la hermana de uno de ellos, cómo hieren a Raymond y cómo mata con la pistola de éste al árabe. Es la segunda aproximación a la muerte, sólo que en este caso, Meursautl es el que la provoca. Dispara cinco balas sobre su adversario, primero una, y después cuatro más sobre el cuerpo inerte. Ni siquiera está seguro de la razón que le lleva a apretar el gatillo. Simplemente el calor le oprimía las sienes. Como nos dice más adelante lo mata porque hacía mucho calor. Es un asesinato absurdo, sin causa, sin motivo. Es lo que hace en ese momento sin pararse a pensar mucho en ello. Es una acción sin justificación, salvo la climatológica y la causa de su desgracia. Vemos otra vez a Meursautl guiado por sus sensaciones.

La segunda parte de la novela es la narración de el proceso que lleva a Meursautl a ser condenado a muerte y una detallada exposición de sus pensamientos entre rejas. No tiene sentimiento de culpabilidad, no considera haber realizado ninguna mala acción, no es consciente de haber acabado con la vida de otro hombre ni de las consecuencias morales que aquello puede acarrear. En un principio, encerrado en la cárcel, piensa como un hombre libre. Más tarde se dará cuenta de que no es libre. ¿Lo era antes de acabar con la vida del árabe o se trata más de la absurda libertad que Camus narra en el Mito de Sísifo?

Son ilustrativas las conversaciones que mantiene con el juez que instruye el caso. Meursautl no demuestra ni arrepentimiento ni bondad alguna. Lo que ha hecho, hecho está y no se le debería dar más vueltas. El juez no entiende la postura de Meursautl. Incluso le acusa de que, al no mostrar ningún arrepentimiento, ni miedo a las consecuencias de sus actos, no sólo a las consecuencias que la justicia ordinaria humana le prepara sino a las divinas, le acusa digo de quitarle el sentido a la vida. Meursautl no encuentra porqué la vida ha de tener sentido y niega que sea necesario encomendarse a Dios para encontrar consuelo y arrepentimiento. Es más, hablar sobre el asunto de su crimen le provoca aburrimiento y ni siquiera se acostumbra a considerarse a sí mismo como un criminal. Algo muy parecido tenemos en una obra de teatro de Camus, poco posterior a ésta, titulada El Malentendido. Esta obra ya es esbozada por Meursautl cuando nos narra que uno de los pocos consuelos que tiene en la cárcel es la lectura de un recorte de periódico que ha encontrado en su celda donde se relata la noticia que compone el argumento de la que luego fue obra de teatro. En esta obra y en la noticia que Meursautl nos relata, una madre y una hija que regentan un hostal se dedican a matar a aquellos viajeros solitarios y con dinero para salir de la vida que llevan y viajar a algún lugar donde haya sol. Matan sin remordimientos, viendo claramente que el fin justifica los medios. A la posada que regentan madre e hija llega Jan acompañado por su mujer María. Jan es el hijo y el hermano de las posaderas, que se marcho veinte años atrás cansado de la vida que allí llevaba para hacer riqueza y que no ha vuelto a pasar a visitar a sus parientes. Sin embargo, Jan siente la necesidad de hacer felices a su madre y a su hermana y sacarlas de esa vida de miseria. Mientras Jan prepara el modo de presentarse a sus familiares, madre e hija planean matarle para quedarse con su dinero. La misma noche de la llegada, Jan, que había pedido a su mujer que se hospedase en otro lugar para tener intimidad con su madre y con su hermana, toma habitación y es asesinado por éstas y arrojado al río. Hay un detalle a tener en cuenta. Junto con la madre y la hija hay un criado anciano que apenas oye, no habla y sin embargo observa todo cuanto acontece. Este criado recoge el pasaporte caído de Jan mientras es arrastrado por su madre y por su hermana para ser arrojado al río. A la mañana siguiente, entrega el pasaporte a la hermana y así se desvela la verdadera  identidad del asesinado. Al conocer la noticia, la madre se tira al río y la hija se suicida en su cuarto. Enterada María, mujer de Jan, de lo sucedido, y buscando consuelo se encomienda a Dios. La respuesta que obtiene es la aparición del anciano criado preguntando si le había llamado. María le pide ayuda y clemencia. El anciano responde: no. La figura del anciano que casi no ve, casi no habla, que siempre observa y se niega a pedir ayuda es una clara referencia a Dios.

En esto consiste la falta de interés de Meursautl por lo que el juez le cuenta sobre Dios. No tiene tiempo para pensar en un Dios como el anciano criado. Le es indiferente que observe, que exista o que no. Nada cambia por ello. La moral cristiana, que ha transmitido los valores de bueno y malo y que ha propuesto su propio modelo arquetípico de hombre como vimos más arriba, no tiene sentido para Meursautl.

Cuando llega el juicio Meursautl tiene que asistir a él como algo ajeno. Se supone que es el protagonista de ese acto y nadie le pide opinión. Es otra vez extranjero de la decisión que sobre su vida se va a tomar. Allí se le juzga más que por el asesinato que ha cometido, por su actitud de vida, por su indiferencia por la muerte de su madre, se buscan testimonios que acrediten esta extraña conducta para acusarlo de ser un hombre sin sentimientos. En el juicio, como en las charlas con el juez, como en la playa, el calor es un protagonista más de la historia. Exapera y agota. Finalmente se le condena a ser decapitado. Esta es la tercera aproximación a la muerte, esta vez, la propia. La condena a muerte hace que Meursautl reflexione sobre su vida, su sentido, o más bien su sin sentido. Las cosas le acaecen sin que él tenga mucho que decir sobre el asunto.

Negándose a recibir al capellán de la prisión es como otra vez se nos plasma el absurdo del sentimiento religioso como refugio para dar sentido a la vida. El capellán, ante la negativa de Meursautl, se presenta en la celda convencido de que puede encontrar algo de compasión y arrepentimiento en el reo. Lo que encuentra nada tiene que ver con eso. Meursautl le dice que no tiene tiempo para pensar en algo que no le interesa. Aunque entiende que otros se giren hacia Dios en situaciones similares a él eso no le hace ninguna falta y que afrontará la muerte del mismo modo en que esta afrontando la situación actual, es decir, como venga.  Ante la insistencia del capellán, Meursautl pierde los estribos y lo zarandea y le grita su punto de vista:

-... ninguna de sus certezas valía lo que un cabello de mujer. Ni siquiera estaba seguro de estar vivo, puesto que vivía como un muerto. Me parecía tener las manos vacías. Pero estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esta muerte que iba a llegar. Sí, no tenía más que esto. Pero, por lo menos, poseía esta verdad, tanto como ella me poseía a mí. Yo había tenido razón, tenía todavía razón, tenía siempre razón. Había vivido de tal manera y hubiera podido vivir de tal otra. Había hecho esto y no había hecho aquello. No había hecho tal cosa en tanto que había hecho esta otra. ¿Y después? Era como si durante toda la vida hubiese esperado este minuto... y esta brevísima alba en la que quedaría justificado. Nada, nada tenía importancia, y yo sabía bien por qué. También él sabía por qué. Desde lo hondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años que aún no habían llegado, y este soplo igualaba a su paso todo lo que me proponían entonces, en los años no más reales que los que estaba viviendo. ¡Qué me importaban la muerte de los otros, el amor de una madre! ¡Qué me importaban su Dios, las vidas que uno elige, los destinos que uno escoge, desde que un único destino debía de escogerme a mí y conmigo a millares de privilegiados que, como él, se decían hermanos míos! ¿Comprendía, comprendía pues? Todo el mundo era privilegiado. No había más que privilegiados. También a los otros los condenarían un día. También a él lo condenarían. ¿Qué importaba si acusado de una muerte lo ejecutaban por no haber llorado en el entierro de su madre? El perro de Salamano valía tanto como su mujer. La mujercita autómata era tan culpable como la parisiense que se había casado con Masson, o como María, que había deseado casarse conmigo. ¿Qué importaba que Raimundo fuese compañero mío tanto como Celeste, que valía más que él? ¿Qué importaba que María diese hoy su boca a un nuevo Meursault? Comprendía, pues, este Condenado, que desde lo hondo de mi porvenir... Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció. (pág. 122 de la edición de Alianza)

Esta es la visión en la que Meursautl se mueve. Se vive condenado a elegir, elección que no evitará la otra condena, la muerte. ¿Qué más da lo que se haga o lo que se deje de hacer? La sentencia está dictada desde el mismo día del nacimiento. Esto lo entiende hasta el capellán. Por eso se va con los ojos llenos de lágrima. Eso lo supo el Don Manuel de Valverde de Lucerna y Lázaro y hasta Ángela Carballino. Porque como nos dice Unamuno, “...bien sé que en lo que se cuenta en este relato no pasa nada; mas espero que sea porque en ello todo se queda, como se quedan los lagos y las montañas y las santas almas sencillas asentadas más allá de la fe y de la desesperación, que en ellos, en los lagos y las montañas, fuera de la historia, en divina novela, se cobijaron. Esta es la esperanza que se abre con la divina novela, perdurar en el tiempo tanto personajes como autor.

Esta nihilización del pensamiento es lo que hace al sujeto ajeno a su propio ser. La consecuencia de la muerte de Dios, de la desvalorización de los valores, trae consigo la indiferencia hacia el camino a seguir. Este es el hecho que Camus denuncia. El hombre se ha convertido en algo absurdo, aislado, sin posibilidad de comunicación con el resto de sus congéneres, sin puntos de unión con ellos. Se está junto a ellos pero no se llega a comprender exactamente qué significan para nosotros. El individuo vaga desarraigado de sí mismo, extranjero de sí mismo, exilado de la humanidad.

En la novela de Camus encontramos ese paso de la novela a la razón histórico-narrativa que tiene el punto de vista puesto en ese realidad radical en la vida, en el historicismo propio. Como Ortega nos sugiere, “para comprender algo humano, personal o colectivo, es necesario contar una historia”. Por eso, la literatura tiene tanto que decir como la filosofía. Al fin y al cabo, Nietzsche ya nos había advertido que el arte era más verdadero que la verdad.

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