miércoles, 24 de octubre de 2012

CINE, FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN


La idea principal de la que podríamos partir son estas líneas que Ortega y Gasset dedica al estudiar en su artículo titulado “La falsedad del estudiar”, sosteniendo que es necesario…reformar profundamente ese hacer humano que es el estudiar y, consecuentemente, el ser del estudiante. Para esto es preciso volver del revés la enseñanza y decir: enseñar no es, primaria y fundamentalmente, sino enseñar la necesidad de una ciencia, y no enseñar la ciencia cuya necesidad sea imposible hacer sentir al estudiante. Desde esta idea, podemos preguntarnos por la necesidad que siente el propio alumno a la hora de encarar el estudio de cualquier materia en general y de la filosofía en particular. La esencia de ser estudiante es interesarse por algo que no le interesa. Siguiendo a Ortega, abogaremos por enseñar la necesidad de una ciencia, la filosofía, para que esta necesidad se convierta en algo interno del estudiante. Encontrar los ejemplos prácticos para activar esa necesidad en los estudiantes ayudaría a poner de relieve la importancia que la filosofía tiene en el conocimiento de lo que nos rodea. Una de las funciones de la filosofía es analizar todos los fenómenos mirando hacia el exterior de nosotros mismos. Otra función es la de analizar nuestro interior, un mirar hacia adentro que nos lleve a la comprensión de cómo nos relacionamos con las cosas circundantes y cómo éstas se relacionan con nosotros. En este deambular de la mirada, de lo externo a lo interno para dirigirse otra vez hacia afuera, está la base de cualquier actitud filosófica. Y esto es algo que se puede enseñar a través de la filosofía, mirando hacia lo exterior para poder sacar conclusiones que nos guíen a lo largo de toda la vida.
Una de las cosas externas a la que podemos dirigir la mirada es a la producción artística en general, pues es el resultado del intelecto humano fuertemente arraigado en la cultura a la que cada cual pertenece. Es bastante común que los filósofos de más renombre hayan recurrido a imágenes relacionadas con lo artístico para poder explicar y poner en común lo más complejo de sus teorías. Así, algunos, como Platón, se han servido de los relatos míticos para apoyar o rechazar algunos supuestos principios que habían sido considerados como tales por el resto de sus congéneres, sin preguntarse hasta las últimas consecuencias por la verdad que estaba a la base de esos principios. De este modo, se ha podido enjuiciar críticamente numerosos aspectos de la realidad de cada época para poner de manifiesto las verdaderas intenciones que había detrás de normas de comportamiento que se consideraban inamovibles, es decir, reflexionar sobre el modo en el que se nos presentan las cosas, sin dar por definitivamente buenas todas las explicaciones que sobre ese presentarse se han dado hasta el momento en el que se aborda la cuestión. Se trata de un salir hacia afuera de las explicaciones convencionales para poder reflexionar sobre su fundamento. Por decirlo con un lenguaje más clásico, salir del mito para entrar en el logos. Como llevar a cabo esta labor puede convertirse en algo muy complejo, pues para hacerlo necesitamos abstraer aquellos elementos de la realidad tangible para operar con ellos, intentando descontaminarlos de toda la carga ideológica que puedan contener, se hace necesario recurrir a ejemplos más livianos para poder hacer inteligible lo que habíamos alejado de la cotidianeidad.
La literatura ha servido para dar ejemplo de estos pensamientos abstractos de manera mucho más digerible para el público no especializado que el puro ensayo filosófico. Hay que recordar que muchos filósofos no sólo han recurrido a ejemplos literarios para hacer comprensibles sus teorías, sino que además han escrito relatos o novelas donde se exponían casos prácticos, aunque pertenecientes al campo de la ficción, de sus modelos de hombre, de sociedad, de forma de relacionarse con lo que les rodea, etc. Un ejemplo de filósofo preocupado por este tipo de proceder es el de Miguel de Unamuno que, además de sus obras de contenido y forma puramente filosóficos, ha creado otro tipo de relatos novelescos (nivolescos) donde quedaban ejemplificados sus propias teorías, como el caso de su San Manuel Bueno, mártir, obra literaria que contiene gran parte de lo expuesto teóricamente en Del sentimiento trágico de la vida o en La agonía del cristianismo. El caso del pensamiento español es especialmente significativo pues, a lo largo de nuestra historia, ha sido común que la filosofía fuera de la mano de la literatura, debido, en gran parte, a la falta de institucionalización de la filosofía en un mundo académico universitario.. Nuestros filósofos han tenido que encontrar vías de expresión más adecuadas para exponer sus teorías, sirviéndose de la ficción para que sus personajes dijeran aquello que ellos no podían decir en foros académicos y universitarios.
 Con enormes reminiscencias literarias, podemos encontrar una de esas artes que pueden servir como vehículo para la transmisión no sólo de ideas filosóficas más o menos abstractas, sino de actitudes filosóficas ante la vida. Este arte es el cine. Puede llegar a todos los públicos independientemente de su condición cultural o social y del grado de desarrollo de su cultura. El cine necesita de la palabra hablada acompañado de imágenes para poder transmitir sus mensajes. La imagen, esencia del cine, sirve para transportarnos a todos los mundos posibles que el cineasta quiera inventar. Algunos filósofos, como Jean Paul Sartre, han escrito, además de sus ensayos filosóficos (El ser y la nada) y obras literarias (La nausea, El muro o La infancia de un jefe), guiones de cine con el propósito de llevarlos a la gran pantalla (El Engranaje), donde se desarrollan aspectos importantes de su filosofía como la libertad, el poder y sus consecuencias. Con estos ejemplos, queremos poner de manifiesto que el discurso filosófico no es un discurso cerrado y encorsetado en unos estándares ensayísticos cargados de profundidad en unos casos y de oscurantismo en la mayoría de ellos.
Desde los primeros momentos de su existencia, el cine se ha utilizado para legitimar el estado de cosas existente por parte de los que ostentaban el poder o para intentar deslegitimar este estado de cosas por parte de los que pretendían ostentarlo. Aunque no es la única manera de tratar el cine, este carácter didáctico, capaz de lanzar mensajes y consolidarlos, ha sido un aspecto del cine que no ha pasado inadvertido. A través de las películas se pueden crear realidades que nos muestren las consecuencias de determinadas acciones, consiguiendo que el espectador se posicione moralmente a favor o en contra de lo que se le cuenta. Se puede crear modelos de sociedad o de ser humano que el espectador adoptará o no, según sus intereses, su formación, su carácter, su sistema de creencias, etc. El cine se convierte así en un creador de realidades/ficciones, de imágenes de lo real, como si se tratara de la mismísima caverna de Platón. La oscuridad de la sala o las apariencias de realidad que son escrutadas por el espectador pueden hacernos ver estas similitudes entre ambos elementos. Junto con la televisión, la radio e internet, estos medios se están convirtiendo en los verdaderos educadores de las sociedades, pues es a través de ellos por donde las sociedades reciben la  supuesta información que les aporta el conocimiento del mundo. Analizando estos medios comprenderemos mejor nuestro mundo.

jueves, 11 de octubre de 2012

El cine y la producción de realidad. Baudrillard en el cine.



Decía Jean Baudrillard, en una lectura muy recomendable para todos aquellos que quieren pensar un poco en el basamento del mundo en el que vivimos,  que lo que impera en nuestros tiempos es  la simulación de la realidad, el simulacro de la realidad: “La simulación [...]es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal[1] Ya no hay una realidad a la que se puede acercar el científico o el pensador para tratar de saber lo que hay sino que el trabajo de campo se debe hacer sobre lo hiperreal, suplantador de lo real. Baudrillard entiende lo hiperreal como los signos de lo real o aquello que precede a lo real. Estos signos son los que se pueden manipular, entremezclar y se construyen como realidad. Es la realidad producida que se consume como cualquier otro producto fabricado. Y en eso consiste el simulacro, en hacer pasar por real lo hiperreal. Para que esta producción pueda ser llevada a cabo, es necesario que exista un productor. Baudrillard señala a los medios de comunicación como los verdaderos artífices de la fabricación de “realidades”. Los “mass-media” son los que ponen en situación a la masa para consumir determinadas realidades fabricadas. Así, la masa “adquiere”, como si del coche, la casa o de un champú se tratara, la realidad que más le conviene, le interesa o le convence, de modo que sobre esa “realidad adquirida” construye su ideología y su modo de vida, su modo de aproximarse a lo hiperreal que considera real. En esto consiste el simulacro que da título a la obra.

El cine, aunque lo intente ocultar en la oscuridad de la sala, tiene algo de esto. Es simulacro porque llega a construir relatos tan bien elaborados, donde se entrelaza lo visual y lo sonoro, donde se apela a la afectividad del espectador (el que asiste al espectáculo), consiguiendo despertar emociones de amor, ira o tristeza, por decir algunas. Es simulacro porque sabe que el espectador llegará a empaparse (si la película es lo suficientemente aceptable) de las vivencias de los personajes hasta el punto de hacerlas propias (quien no llega a tener sentimientos contradictorios con Juan (Luis Tosar) de Te doy mis ojos[2], o entender las motivaciones para la masacre de William Munny  (Clint Eastwood)  en Sin perdón[3], o sentir la congoja y el desasosiego de los alumnos del Instituto de Columbine con el visionado de Elephant[4]. Es simulacro porque ¡parece tan real en algunas ocasiones!.

Y sin embargo, es un relato más. Un producto guiado por un interés económico, social, político, de denuncia o de entretenimiento sin pretensiones (además de las económicas, se entiende). Pero es un relato de lo real o sobre lo real, fuente de diferentes perspectivas cuya suma, como pretendía Ortega, implica el conocimiento. El cine ayuda a comprender la realidad con sus ejemplos y contraejemplos, ya que tiene la capacidad  de encuadrar aspectos concretos de la realidad que de otro modo podrían pasarnos desapercibidos. El cine, como arte, tiene capacidad de despertar los resortes del raciocinio y de la crítica en el que no se conforma. El cine nos plantea discernir  la diferencia entre realidad y ficción a través de esa realidad producida. El cine nos invita a reflexionar filosóficamente sobre estos aspectos y en nuestra mano e interés está aceptar o no esa invitación y desarrollar las capacidades descritas.

Por estas razones, entre otras, el cine es una herramienta útil en el aula,  para hacer descender a la filosofía del ámbito de lo puramente abstracto, solamente entendible por unos pocos “privilegiados” y llevarlo al terreno de lo cotidiano, de la vida de cada cual, para que el alumno interiorice el motivo por el cual surgen las problemáticas que los filósofos desarrollan, de modo que desde ahí se pueda ir ascendiendo, gradualmente, en la complejidad de las respuestas, propiciando  una base firme que permita reconstruir el pensamiento de cada uno de los autores.





[1] Baudrillard, J. Cultura y simulacro. Ed. Kairós. Barcelona 2008. Página 9.
[2] Bollaín, I. Te doy mis ojos. España. 2003.
[3] Eastwood, C. Sin perdón. EEUU. 1992.
[4] Van Sant, G. Elephant. EEUU. 2003.