miércoles, 31 de agosto de 2011

¿LITERATURA Y FILOSOFÍA?


Por supuesto que la literatura, como ningún quehacer que provenga del hombre, esta desprovista de ideología, de intención política. No creo que exista nada en la creación artística o filosófica del hombre que no persiga crear adeptos a la ideología que el autor profesa. Incluso aquellas creaciones artísticas que se consideran despolitizadas, sin carga ideológica, pongamos por caso una película del tipo a las que llevan a millones de espectadores en todo el mundo a las salas, como por ejemplo la dirigida por Jay Roach en el año 2000 titulada “Los padres de ella” (Meet the parents), con un reparto “espectacular” con alguno de los actores más consagrados por la crítica en la industria cinematográfica americana, calificada por estos mismos críticos como cine sin pretensiones (salvo las de hacer caja o taquilla, se entiende) y creado para el entretenimiento (si es que a este producto se le puede llamar creación artística). En mi opinión, este cine  está tan cargado de ideología como cualquier otra película dirigida por Eisenstein, Leni Reifenstahl, Charles Chaplin o Ken Loach en época más reciente. Se trata de modos diferentes de hacer llegar el mensaje que se quiere transmitir, esto es, el modo de vida y los valores que el autor plasma como el modo de vida auténtico. La autenticidad de este modo de vida puede ser narrada de forma directa, para que sea fácilmente comprensible por un público que entra en la sala dispuesto a desconectar de sus preocupaciones cotidianas, es decir, para entretenerse, o puede ser narrada a través del documental, la sátira o el drama, es decir, de una forma más indirecta dirigida a un público más sesudo y refinado.

Podemos hacer una analogía entre el ejemplo de más arriba en lo tocante al cine con la literatura y con la filosofía. No hay obra literaria o filosófica que no contenga la ideología y la visión política del literato o el filósofo porque, como nos recordó Ortega, no se es literato o filósofo sin más, sino que esa es una ocupación entre otras muchas ocupaciones que el autor en cuestión desempeña. Y en esa ocupación, cuando el autor prepara su obra, está cargada de intencionalidad, sea ésta la que sea, desde el reconocimiento con vistas a la obtención de prestigio narcisista, a la más material intención de ganar dinero para llevar una vida desahogada, pasando por la denuncia de los males de la época y persiguiendo la instauración de un mundo más justo mostrando las miserias de nuestra cultura y de nuestra condición.

En esta época en la que aún nos debatimos sobre la modernidad y la post-modernidad, signifique esto último lo que signifique, en la que no tenemos nada claro si lo que deber ser tenido en cuenta es al autor de la obra, la obra o el lector que lee la obra, aunque parece que lo más oportuno es tener en consideración a los tres al mismo tiempo, en la que la filosofía, entre otras ocupaciones, se ha dedicado a deconstruir los textos para poder así interpretarlos, dando preponderancia así al punto de vista del lector-comentador, donde lo que nos encontramos en muchas ocasiones son las glosas de los textos y en la mayoría la glosa de la glosa de los textos analizados, conviene poner la mirada sobre los modos de darse del discurso filosófico, sobre la necesidad de tener en cuenta a la literatura como el modelo de argumentación filosófica que perdió la batalla frente a la sistematización alemana del pensamiento. Este hecho puede ser visto con rotunda claridad en España que, contando con grandes literatos, con un Siglo de Oro, alguno de Plata y casi todos los demás también calificables bajo algún metal noble, ha tenido cierta aversión a sistematizar filosóficamente el pensamiento. A mi modo de ver, en el academicismo filosófico de los últimos años de nuestro país ha existido cierta germanofilia, lo que ha provocado que ni siquiera en nuestra propias universidades se reconozca un verdadero pensamiento español, como sí se acepta el pensamiento francés, el inglés y por supuesto el alemán. Ortega, al que ya hemos citado, cae también en esta concepción de que la filosofía española adolece de este mal y por esta razón trata de ejercer de pionero, dando la impresión de que antes de él no se habían tratado en serio las cuestiones filosóficas. En casi ningún momento habla de los autores españoles que le precedieron en el quehacer filosófico, como si no existieran o nada hubieran hecho a favor del desarrollo de esta disciplina. Sin embargo, ese complejo de inferioridad contraído con otras filosofías europeas ha hecho que la pretensión de sistematizar el pensamiento estuviera presente en muchos de nuestros filósofos para “darle pedrigree” a su trabajo rechazando así la otra vía que estaba abierta, esto es, la literatura, con Miguel de Unamuno como uno de los máximos exponentes.

 La novela (las nivolas), el teatro o la poesía están cargadas, en muchos casos de pensamientos que la filosofía sólo ha sido capaz de rozar. Uno de los pensamientos que quizá mejor haya transmitido la literatura es la descripción del hombre como aquel ser en el que no se da una unidad, sino que en él interactúan razón y sentimiento, voluntad y necesidad, bien y mal. El mal ha sido tratado por la filosofía, por norma general, como ausencia de bien. Del mismo modo podríamos definir el bien como ausencia de mal, pero en ambos casos definiríamos tanto el mal como el bien por lo que no es o por lo que le falta, por una carencia.

En la literatura, podemos encontrar ejemplos donde no rige la máxima que dice “no hay mal que por bien no venga”, donde el mal, ni por supuesto el bien, están encaminados a un fin teleológico que redimirá al hombre. En palabras del profesor Tomás Pollán, están exentas de mentalidad retributiva, es decir, de que la acumulación de penurias, esfuerzos baldíos, desgracias y cosas semejantes que podríamos calificar como representación del mal sobre los hombres tendrán su recompensa, no ya en una vida post mortem ahora que ya sabemos, gracias a Zaratustra, que Dios a muerto, sino que incluso seremos recompensados en esta vida más terrenal que divina. Vivir tiene como única recompensa el día a día, el seguir vivo y no parece muy oportuno unir justicia y vida como si se tratase de dos conceptos que están a la misma medida o que pertenecen a la misma categoría, sino que su unión nos lleva a lo que los analíticos denominan un error categorial. La vida no tiene por qué ser justa o injusta, no podemos aplicar este adjetivo a la vida de igual manera que no lo podemos aplicar el color, por ejemplo rosa, salvo que sea en un nivel metafórico. Según esta visión, el mal no se redime y el que lo padece lo padece sin más, mientras que el que disfruta del bien es un afortunado. En el ideario colectivo, el “no hay mal que por bien no venga” está tan interiorizado que es difícil escapar de él. Ni siquiera en el siglo XX, el siglo donde el nihilismo se apoderó del pensamiento, y el comienzo del XXI han sido capaces de escapar de esta visión. Quizá la causa sea el cristianismo que recorrió y recorre Europa o la necesidad de encontrar sentido a la vida la que nos hace buscar explicaciones racionales al horror cuando este se produce, pero lo que parece inevitable es que el mal se justifique por el bien que acarreará al que lo padezca. Un ejemplo claro, como digo, de una ausencia de mentalidad retributiva es la que se da en el Meursault de El Extranjero de Camus, o en el Eladio Linacero de El pozo de Onetti. En estas obras encontramos la expresión de la sentencia de Nietzsche que Camus nos recuerda en El mito de Sísifo donde dice que sólo tenemos el arte para no morir de verdad. 

Filosofía y Literatura

 Lo que sigue no es más que un intento de dar respuesta a una serie de cuestiones que hoy en día están sobre la mesa y que en un mundo en el que parece que todo vale en cualquier disciplina en general y en filosofía en particular, merecen ser tenidas, al menos en cuenta. Merece la pena preguntarnos si el discurso filosófico clásico es el único modo de discurso que debe ser valorado a la hora de exponer los asuntos de los que la filosofía ha tratado. Merece la pena preguntarnos si la filosofía, con ese modo de discurso, ha conseguido aproximarse o dar una respuesta válida a qué sea eso de la condición humana y si, además, ha conseguido hacerse valer en un número considerable de personas o si más bien ha quedado reducida, gracias a  su opacidad, al requerimiento de esfuerzo por parte del lector que se sumerge en ella, a la paulatina eliminación y desvalorización dentro de nuestro sistema educativo, a la pereza y a la falta de utilidad que la gran mayoría encuentra en sus indagaciones, entre otras causas que se podrían señalar, ha quedado reducida decía, a la ocupación práctica y laboral de unos cuantos académicos que tienen que investigar y dar al público el resultado de su investigación a la vez que amamantan a los nuevos cachorros que, anhelantes de ejercer de Edipo, esperan su oportunidad para perpetuar la especie a costa de sus padres espirituales, al modo de Heidegger con Husserl. Merece la pena preguntarse si las respuestas que ha dado la filosofía han tenido en cuenta al hombre real, al que medita sobre asuntos considerados importantes y al que le “hierve la sangre” ante una presumible injusticia, ante la visión de la amante deseada o ante el descenso de categoría del club de fútbol que le hace levantarse cada mañana, hombre real que puede contener en sí mismo todas características al mismo tiempo sin que ello suponga una lucha de contrarios. Merece la pena que nos preguntemos, en definitiva, el papel de la filosofía al margen de cómo se transmita, del modo en cómo nos llegue.

Una posible respuesta, que no la única, es la que Ortega nos dice en ¿Qué es filosofía?, donde de un modo bastante obvio nos señala que el científico, antes que científico, es hombre y su ocupación en esta disciplina es una entre muchas otras ocupaciones. Como hombre se preocupa por el Universo, por reflexionar sobre él. No hay que hacer meta-física sino ante-física, ya que la filosofía es una cosa inevitable. La ciencia opera de lo particular a lo general. La filosofía, en su comprensión del Universo, debe partir de todo lo que hay para llegar a cada una de las partes que componen el todo y su relación entre ellas. El Universo es todo lo que hay, señalando aquí la diferencia entre lo que hay y lo que existe. Por eso la filosofía se embarca en la búsqueda de algo que ignora absolutamente. Lo que habrá que tener en cuenta ahora es el modo en cómo el hombre realiza esa búsqueda, el método que sigue.

Otra respuesta, y teniendo presentes las palabras de Ortega, puede ser que este hombre, único ser capaz de preguntarse por el Ser, se aproxime a dar respuesta a qué es el ser o a si podemos hablar con sentido de algo así como la condición humana desde la ficción, desde la historia inventada para atender a los arquetipos que nos sirven de esquema para comprender a los otros y a nosotros mismos. En esto consiste la literatura, en el experimento mental que realiza un autor para indagar en el modo de comportamiento humano, el modo que tiene de conocer y de sentir, de vivir en definitiva. La literatura ha estado emparentada desde siempre con la filosofía como puede comprobarse con Homero, Sófocles, Dante, Cervantes (¿no es acaso Alonso Quijano el mayor exponente de filósofo cuando se subía a lomos de Rocinante embutido en la armadura de Don Quijote?), Swift, Borges, Camus, Sabato u Onetti por citar sólo a unos pocos. Los autores citados trataron de expiar al hombre desde su intimidad, desde dentro de su alcoba, cuando nadie los veía, cuando no actuaban para otros, mostrando así su visión de los modos posibles del darse del hombre.

Sobre esta última visión quiero poner el acento. La literatura como modo de explicación de la realidad humana, como ensayo (prueba y error) para llegar al conocimiento de cómo nos comportamos y cómo conocemos, qué nos mueve, qué nos hace actuar e inclinarnos por unas opciones en lugar de otras. 

martes, 30 de agosto de 2011

“LA PEDAGOGÍA DE ORTEGA Y GASSET” Y “VIRTUDES Y VICIOS DE LA PROFESIÓN DOCENTE” por Manuel García Morente.


Estos dos artículos fueron publicados por García Morente en Revista de Pedagogía, concretamente “La pedagogía de Ortega y Gasset”, en Revista de Pedagogía (Madrid), núms. II-III, 1922, págs. 41-47 y 95-101 y “Virtudes y vicios de la profesión docente, en  Revista de Pedagogía 169 (1936)  y recuperados posteriormente por Ángel Casado y Juana Sánchez-Gey en Filósofos españoles en Revista de Pedagogía (1922-1936), Tenerife, Ed. Idea, 2007,  donde se recogen los estudios que grandes pensadores españoles publicaron en esta revista.

El primer artículo trata de desentrañar el valor pedagógico de El Espectador, desmarcándose de la pedagogía al uso. Distingue en la pedagogía entre el ideal al que atiende la educación, su para qué, su fin y los medios para alcanzar esos fines, otorgándole un valor primordial a los fines sobre los medios. Sostiene que en toda época hay un ideal de hombre que está a la base de la pedagogía y que el modelo que se da en su época (y que ahora perdura y recobra fuerza), influido por Rousseau, es de la educación para producir hombres y ciudadanos, siendo un modelo eticista que funciona en todas las democracias y que acaba dando prioridad a la forma sobre el contenido, al cauce sobre el río. Sin embargo, la pedagogía que defiende Ortega y Gasset es aquella que incorpora el “torrente dinámico” que se origina en las formas de vida, es decir, la que incorpora la vida y todo lo que la circunda al proceso educativo. En definitiva, la novedad que Ortega aporta a la pedagogía es la incorporación del valor vital como potencialidad creadora. Ese valor vital que ensalza el lado positivo de las reacciones sentimentales hace que la pedagogía intensifique la niñez del niño potenciando su infantilismo. García Morente señala cuatro aspectos fundamentales que hacen de la pedagogía orteguiana una pedagogía novedosa y a tener en cuenta. En primer lugar, debe potenciar ser lo que se es, es decir, desarrollar la potencialidad futura en el presente. En segundo lugar, debe abarcar al conjunto de fuerzas que producen los productos históricos, es decir, aprender el presente para poder proyectarse desde el presente al futuro lo antes posible. En tercer lugar, debe propiciar mantener dentro del adulto civilizado al niño que propicia la inquietud, la ilusión  y la querencia. En cuarto y último lugar, debe tender a la perfección pues ser lo que se es voluntariamente, es ser plenamente perfecto.
El segundo artículo se centra en la figura del profesor y señala sus tres virtudes acompañadas por su correspondiente vicio. Como virtudes señala, en primer lugar, la sabiduría, imprescindible para transmitir conocimiento, aplicada siempre en su justa medida y consistente en un saber pensado. En segundo lugar, señala abnegación que supone renunciar tanto a la vida privada como al anhelo de recompensa social, igualando esta profesión al sacerdocio, pues implica la vida entera del docente por tener como objeto de su trabajo a otros sujetos, lo que exige ejemplaridad en su comportamiento en todos los ámbitos de la vida. En tercer lugar, señala la dedicación hacia sus educandos que no será correspondida jamás con la misma intensidad, pues el profesor siempre dará más de lo que recibirá en su relación personal. Si no se desarrollan estas virtudes se caerá en los vicios que las acompañan. Así, a la sabiduría le corresponde la pedantería cuando o no se sabe bien lo que se enseña o se pretende enseñar más de lo que se debe; a la abnegación le corresponde el vicio del utopismo o querer cambiar el mundo desde las aulas, labor a la que debe renunciar aquel que quiera ser un buen maestro; a la dedicación le corresponde el vicio del resentimiento, provocado por la insatisfacción y la frustración que provoca recibir mucho menos de lo invertido.

Con estos artículos podemos reflexionar sobre dos aspectos fundamentales en la enseñanza. Por un lado, la necesidad de componer una pedagogía que tenga en cuenta la vida a la que va destinada, que mantenga vivo el anhelo por aprender y haga presente el futuro. La pedagogía se debe amoldar al alumno y no el alumno a la pedagogía, no sea que nos ocurra lo que a Apolodoro (¡Pobre conejillo!), que seamos inhabilitados para desarrollarnos como personas y para la misma vida. Por otro lado, García Morente pone el dedo en la yaga al señalar cuál ha de ser el perfil del maestro, para que nadie se lleve a engaños y a posteriores frustraciones. Aunque la descripción eclesiástica del maestro puede parecer exagerada, casi mística, conviene reflexionar sobre las advertencias  en cuanto a lo omniabarcante de su conducta o la facilidad en la que puede surgir el resentimiento.

lunes, 29 de agosto de 2011

A propósito de Ortega, Tomás Pollán y la falsedad del estudiar

La idea principal que sustenta esta lección podríamos entresacarla de estas líneas: no consiste en decretar que no se estudie sino en reformar profundamente ese hacer humano que es el estudiar y, consecuentemente, el ser del estudiante. Para esto es preciso volver del revés la enseñanza y decir: enseñar no es, primaria y fundamentalmente, sino enseñar la necesidad de una ciencia, y no enseñar la ciencia cuya necesidad sea imposible hacer sentir al estudiante. Desde esta idea podemos desentrañar todo lo que Ortega nos dice en esta lección. Que estudiar sea una falsedad viene dado, según nos cuenta el autor, por la necesidad del propio estudiante. El que crea una ciencia lo hace por la necesidad interna y vital de dar respuesta a alguna pregunta. La ciencia surge así de la necesidad.  Pero el creador de la ciencia no es el estudioso de la ciencia. El estudiante no se acerca a la ciencia por necesidad interna y vital sino por causas externas a sí mismo, para conseguir otros fines, como medio para llegar a otro estado de cosas, pero nunca como algo interno. Por tanto, la esencia de ser estudiante es interesarse por algo no interesa y ahí reside la falsedad del estudiar, ya que el hombre es absoluta necesidad que brota del interior de cada uno (ser lo que se es), mientras que ser estudiante es interés que viene dado desde fuera. Esta es la razón por la que Ortega aboga por enseñar la necesidad de una ciencia, para que esta necesidad se convierta en algo interno del estudiante, o dicho de otro modo, para que el estudiante interiorice la necesidad de esa ciencia a la que se pretendía asomar por motivaciones externas a las de la propia necesidad.

Tomás Pollán, en un artículo publicado en el Nº 6 de la Revista Archipiélago, titulado Aprender para nada, nos dice: …Porque si de lo que se trata es de que a nadie le interese en cuanto tal nada de lo que aprende o investiga, es natural que en esas condiciones nazca, como en la tierra más apta para su monstruoso crecimiento, el temible y numerosísimo batallón estatal de pedagogos y psicólogos, cuyo objetivo es conseguir que los estudiantes se interesen por razones extrínsecas por lo que en sí mismo no les interesa. Por eso, como el contenido mismo no interesa, la tarea del pedagogo-psicólogo es motivar o –por utilizar otra expresión horrorosa– incentivar para que el joven compita con sus compañeros en el aprendizaje de lo que no le importa pero que el Estado le obliga a conocer si quiere ser un empleado útil. Me he permitido transcribir este largo párrafo en su totalidad porque creo de vital importancia reflexionar sobre ello. Ortega, en 1933, nos había puesto en la senda correcta al denunciar esta falsedad del estudiar y nos proponía acertadamente la necesidad de reformar las razones por las que se enseña una ciencia, es decir, pasar de las razones externas a las internas. Tomás Pollán, en 1991, pone de manifiesto lo que la LOGSE, como ley educativa recién aprobada, pretende, es decir, lo contrario a lo que había denunciado Ortega, esto es, que los estudiantes están obligados a interesarse por aquello que no les interesa y que el Estado les impone para convertirse en ciudadanos empleables, es decir, utilizables por el propio Sistema.

Lo anterior es sólo un ejemplo de lo lejos que estamos de volver la enseñanza del revés como pedía Ortega. En una época como la actual, en la que se intenta ampliar la formación del profesorado (¿ampliarla para qué o hacia qué?) –o al menos eso se manifiesta constantemente– en pro de evitar el fracaso escolar, de crear una sociedad de ciudadanos libres, responsables y participativos, quizá sería bueno que las palabras de Ortega y Gasset y las del profesor Pollán estuvieran en la primera línea (¿de fuego?) del debate sobre el educación para poder sacar de ellos alguna enseñanza. Pero, como todos sabemos, si se obrara de este modo se perdería la esencia actual del sistema educativo, que no es otra, como señala Tomás Pollán, que la de convertir a sus ciudadanos, tras el paso por la escuela, en mano de obra formada según las necesidades imperantes en cada momento histórico, de modo que el Estado recupere con suculentos dividendos el dinero y el tiempo invertidos.