domingo, 24 de noviembre de 2019

LA SABIDURÍA DE LUIS MARTÍNEZ DE VELASCO


LA SABIDURÍA DE SU-AN. ESCRITOS DE FILOSOFÍA.
Luis Martínez de Velasco. Ápeiron Ediciones, 2019, Madrid



La lectura del décimo octavo libro de Luis es, antes de empezar, un reto intelectual. Nos tiene acostumbrados a analizar minuciosamente los entresijos que entretejen los temas que aborda. Por ello, hay que pertrecharse con todo el bagaje cultural y cognitivo que el lector posea para poder sobreponerse al tsunami de conocimiento en el que su autor va a sumergirte. Leyéndolo, uno toma conciencia de la ignorancia en la que vive y que solo puede paliarse zambulléndose en las páginas maestras del maestro.
Nada de lo que aquí se diga puede sustituir la lectura pausada de los seis capítulos o artículos que componen el libro. Si de algo pueden servir estas líneas es para invitar al lector a paladear cada una de sus páginas, a rumiarlas, a pararse cada pocas líneas a reflexionar sobre lo leído, levantando la cabeza para ver la exacta correspondencia entre el mundo que nos circunda y el diagnóstico que el doctor Martínez de Velasco realiza para poder aplicar el tratamiento, sin paliativos, que nos propone, nos exige más bien. Veamos en qué consiste este excitante ejercicio de lucidez.
La sabiduría de Su-an se compone de una Introducción y seis capítulos cuyos títulos pueden despistar al lector que busque una secuenciación temática simple y monocorde. Son:
1.      La sabiduría de Su-an. Emociones y afectos en la construcción de la inteligencia moral
2.      Para leer a Kant. Una reconstrucción crítica.
3.      A vueltas, una vez más, con Keynes. A propósito de un artículo de Jürgen Donges
4.      El declinar de Europa. Un análisis marxista
5.      ¿Qué hacer? (I) Cómo poner a salvo la democracia. Poder político y sociedad civil.
6.      ¿Qué hacer? (II) Hacia una revolución del espíritu. Posibilidades de transformación social en unos tiempos cínicos y vacíos.

Aunque la temática pueda parecer muy dispar, (inteligencia moral con afectos y emociones, economía keynesiana, Europa y su deambular errático, democracia, sociedad y política o revolución del espíritu) la lectura conjunta nos da unas líneas maestras del pensamiento de Luis Martínez de Velasco en un entramado fuertemente cohesionado a lo largo de toda la obra. Y la conclusión a la que podemos llegar al final de sus páginas (empezamos, como ven, por donde acaba) es la de que nos encontramos con un libro revolucionario, pues propone una revolución sin revueltas callejeras sino neuronales, exigiendo al individuo-sujeto de la revolución tres imperativos sobre los que guiar la conducta, la razón, la compasión y el conocimiento o toma de conciencia ecológica que devuelva a la naturaleza el estatus “divino” que jamás debió perder. Para ello, no sólo “Kant” es la última palabra que aparece en el libro, ni únicamente es un capítulo más esa invitación a Kant que es su Para leer a Kant, sino que toda la filosofía práctica de este autor es recogida y actualizada para ponerla en relación con el mundo capitalista de nuestros días que vierte la falsa creencia de que es el mejor (y único) de los mundos posibles. Y para acabar con esa falsa creencia, para llevarnos a ese proceso de aletheia o desocultamiento, para sacarnos a rastras de la caverna, Luis nos exhorta a preguntarnos (como Sócrates) no por esta democracia, sino por la Democracia; no por esta Europa, sino por Europa; a preguntarnos por la felicidad y no por la mera acumulación de bienes materiales en la que se ha convertido el fin último (Aristóteles se removería en el Liceo) del ciudadano productor-consumidor en el que se ha convertido el habitante de las sociedades occidentales abducido por los cantos de sirena del pensamiento liberal y capitalista. Luis se ata al mástil para escuchar todos esos cantos (de los que da numerosos ejemplos en los capítulos que componen el libro) y mostrarnos el vacío y el cinismo que los genera, inventados para amodorrar al humano poco acostumbrado a usar la cabeza para otra cosa que, como nos recordaba Antonio Machado, no sea embestir con virulencia.
El libro empieza por donde termina, es decir, termina por donde empieza. La sabiduría de Su-an consiste en la toma de conciencia de la necesidad de ponerse en lugar del otro, de sentir, de asumir, la compasión como un hacerse cargo del otro para evitar o paliar su sufrimiento. Y para ello, nos presenta a esta muchacha que, como el niño del que habla Nietzsche, es capaz de trascender todos los valores para generar otros nuevos que aparquen el egoísmo infantil que padecen casi todos los adultos. Si Sócrates nos advirtió de que la ética es la culminación de la inteligencia, solo mediante la inteligencia moral de la que Luis nos habla, podemos comprender el mundo bajo la categoría general de la dignidad y la indignidad. En una época donde los postulados de Goleman se han impuesto haciendo de la inteligencia emocional el leitmotive de nuestros tiempos, la reivindicación de la inteligencia moral como culmen de todas esa diferentes inteligencias múltiples, la única que verdaderamente podemos considerar inteligencia en sentido humano, es sumamente esclarecedora. Esta inteligencia moral posee, además de esta característica, otras cinco que aquí solo enumeramos y que aparecen ampliamente desarrolladas en el capítulo. Abstenerse de hacer daño a ningún ser vivo, la universalidad de sus principios (como en Sócrates/Platón o en Kant), su motivación desinteresada, su actitud crítica con el poder establecido y su carácter de donante de sentido para la vida humana, hacen de la inteligencia moral la única inteligencia que puede ser considerada estrictamente como tal y lleve, a quien la alcance, al escalón más alto, al superhombre como aquel que ha sido capaz de superar su miopía en aras del bien de la humanidad.
Para leer a Kant es una reflexión crítica sobre los propios textos de Kant. Hace comprensible lo que para este autor era la necesidad más perentoria del ser humano derivado de la Ilustración, esto es, su emancipación y su autonomía. El análisis de los tres niveles críticos o el desglose de las siete etapas de la reflexión materialista que realiza, depurando a Kant en un ejercicio hermenéutico francamente admirable, nos llevan a comprender la interrelación entre el problema de la verdad y el problema de la virtud, (problemas que en él son trascendentales y que solo pueden resolverse de manera crítica), donde se da un tipo humano humilde sin humillación con una ilusión sin ilusoriedad.
En A vueltas, una vez más, con Keynes, analiza cómo sigue siendo imprescindible un intervencionismo por parte del Estado en la economía capitalista, a pesar de las voces en contra que han surgido por parte de los defensores del liberalismo económico que sostienen que el Estado debe reducirse a la mínima expresión. Resumiendo todo lo que en este artículo se detalla (y que el lector curioso no debe dejar de paladear minuciosamente), esto es así por tres poderosas razones: la iniciativa privada no hará nada por desarrollar políticas sociales si no hay un beneficio esperando (recordemos la acción desinteresado que defendía Kant como única acción moral); que el Estado debe funcionar como cordón sanitario que salvaguarde las políticas sociales de los vaivenes del mercado; y que el Estado debe ser el elemento decisivo para el desarrollo de las políticas del mercado y no a la inversa como actualmente ocurre.
En El declinar de Europa, además de realizar un análisis filosófico sobre qué es Europa, esta Europa que ahora vivimos, se embarca en una travesía llena de obstáculos de toda índole para desentrañar qué debe ser Europa atendiendo a la interrelación que se da entre capitalismo, democracia y derechos humanos, poniendo en entredicho que sea el mercado el que debe primar en la toma de decisiones sobre las políticas a llevar a cabo y fijando el foco en los derechos humanos como garantes de que exista alguna posibilidad de que Europa siga existiendo. Y esta garantía solo es posible si, como Martínez de Velasco señala, Europa deja de mirar su propio ombligo y amplía su ámbito de acción ejecutando un nuevo y distinto plan Marshall para África que devuelva una pequeña parte de todo lo robado después de siglos de colonialismo. Y esto hay que hacerlo no por astuto interés sino por exigencia moral con los pueblos esquilmados.
En ¿Qué hacer? (I), Martínez de Velasco se propone, nada más y nada menos, que poner a salvo la democracia. Muestras de que está en peligro, si no está ya agonizante, es que muchas veces aceptamos como democracia lo que no son más que dictaduras encubiertas. A través de Foucault, analiza el Estado actual como una máquina de troquelar individuos que sean sumisos y dóciles, donde el sistema parlamentario está más al servicio de los grandes capitales y poderes reales que al provecho de los ciudadanos, donde la justicia es codificada en códigos para quedar fijada formalmente e inoperante factualmente. Y como la democracia pertenece a los ciudadanos, éstos no deben olvidar que mantenerla y mejorarla es un quehacer irrenunciable que pasa por la puesta en cuestión de la deriva de las “verdades” incuestionables (que el ciudadano debe cuestionar) recurriendo, legítimamente, a la desobediencia civil cuando se atisbe el fraude de hacer pasar por procesos democráticos algo que no es más que ideología al servicio de los poderes económicos.
En ¿Qué hacer? (II), y a modo de cierre del círculo que se inicia al comienzo del libro, nos invita a pensar la revolución que pueda devolver al ciudadano el poder perdido. Podemos pensar tres vías: violencia, supervivencia y reflexión. Como conclusión, Luis nos propone una revolución espiritual o moral para cambiar las cosas, una interiorización fundamentada en un auténtico compromiso moral arraigado en la razón, la compasión y el conocimiento no ilusorio del mundo objetivo, como señalamos más arriba.
Nada de lo dicho sustituye la lectura de estas páginas. En ellas, Luis Martínez de Velasco, con la lucidez del loco machadiano que camina por la árida llanura, entre álamos marchitos, vuelve a poner el foco en la necesidad de la vida ética para aquél que quiera denominarse a sí mismo como ser humano, proponiendo la revolución más grande jamás propuesta: que cada cual se ponga como tarea ineludible convertirse en un hombre nuevo desarrollando hasta el límite de sus fuerzas la inteligencia que nos hace humanos, la inteligencia moral.

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