sábado, 1 de abril de 2017

“LA MEDIACIÓN DEL MAESTRO” por María Zambrano.


Nos recreamos ahora con un artículo escrito por María Zambrano en 1965 y que ha sido publicado en la obra Filosofía y educación. Manuscritos,  una recopilación de artículos publicados y manuscritos aún sin publicar hasta la edición realizada por Ángel Casado y Juana Sánchez-Gey.  Es importante señalar la fecha,  pues estamos en la antesala del 68 francés, resultado de la crisis de la que tres años antes nos habla Zambrano.

Para ella, la crisis reside en la crisis de la mediación. La mediación está a la base de la vida, porque vivir es mediación. Para analizar esta crisis es necesario conocer la tradición, la historia, de modo que así desvelaremos su falta de novedad. Rechazar la tradición  nos hace, además de ignorantes, tener que partir de cero y errar en los diagnósticos por no tener en cuenta las mediaciones de otras personas, de otros tiempos y lugares. Por esta razón, es imprescindible contemplar la figura del maestro como mediador entre el conocimiento y la ignorancia a través de su presencia y su palabra, rompiendo el silencio previo y ofreciéndose en un acto sacrificial para que la mediación se produzca. El profesor no debe dimitir de su vocación de mediador. Esta mediación consiste en encender la llama en el alumno para que se “le revele la pregunta que lleva dentro agazapada”, consiste en ser aquel ante el que se pregunta el alumno, consiste en una conversión, en despertar de la ignorancia, en provoca, en definitiva, el diálogo.

En esto consiste la tarea mediadora del maestro según María Zambrano. De aquí podemos destacar varias ideas. Por un lado, la necesidad de apoyar las respuestas a la crisis en la tradición convierte en necesidad el conocimiento de esa tradición. La figura del maestro cobra especial importancia por ser él el encargado de transmitir esa tradición, ese conocimiento. Esto debe ser así para no partir de cero sino para aprender del pasado, para comprender el presente y poder así emprender el futuro. Y nadie mejor que el maestro para ejercer de mediador entre los tres momentos. En la actualidad se prima la adquisición de competencias sobre los contenidos, e incluso suelen enfrentarse ambos conceptos, olvidando que el desarrollo de las competencias es una consecuencia de la adquisición de los contenidos por parte del alumno, siempre y cuando éste no se haya limitado a memorizarlos para el examen, olvidando prácticamente todo en el instante posterior. Si algo se aprende, se comprende, nos deja prendidos (y a veces prendados), nos empapa. Por ello, adquisición de contenido y desarrollo de competencia están fuertemente ligados, comprendidos la una en el otro. Cuando el currículo no hacía mención de las competencias básicas, éstas se adquirían igualmente, haciendo válido el principio de que la cosa es anterior a su nombre, existiendo antes de ser nombrada. El que en la actualidad se destaque la competencia es importante, pues su desarrollo constituye un objetivo del sistema educativo. Pero no hay que enfrentar la competencia al contenido sino co-implicarlos, pues son dos nombres que definen un mismo proceso. Ante la expresión contenidos versus competencias, sería mejor decir que los contenidos versan sobre las competencias y viceversa, contenidos y competencias conversan. No es esto contra aquello, ni el unamuniano contra esto y contra aquello, sino esto y aquello, otorgándole a la y su pleno valor conjuntivo y copulativo, engendrador de nuevas realidades más plurales.


Esto es lo que María Zambrano deja entrever en este artículo, la importancia de mediar entre la tradición y el presente. Si la mediación entra en crisis, la crisis se perpetúa y la solución se aleja. La solución se encontrará entonces en la educación, pero no en la educación resultante del idealismo hegeliano que educa para el Estado, sino que se tratará de una educación mediadora donde lo que se persigue es el desarrollo de la existencia humana. Creo que esta es la más valiosa lección que Zambrano nos brinda en este artículo, la de educar para desarrollar personas, no para fabricar útiles y utensilios para el desarrollo del Estado. Y en esta tarea el maestro desempeña la tarea fundamental, pues a través de su intermediación posibilitará que surja la pregunta, la inquietud, la insatisfacción, la ilusión y el desasosiego del alumno. No sólo transmitirá un saber específico sino que enseñará a descubrir y a anhelar un conocimiento que él sólo insinúa y alude tangencialmente. Transmitirá al alumno la necesidad y la responsabilidad de ser él el que debe continuar en la búsqueda de aquellas respuestas aún no encontradas. Es a esto a lo que se refiere Zambrano cuando habla del compromiso de maestro y alumno, de su imposibilidad de dimitir. Ambos tienen que asumir su papel: el maestro haciendo saltar la chispa del fuego que el alumno debe avivar y mantener. Si esto se produce tal como hemos descrito, se abrirá una de las pocas vías por las que se puede llegar a encontrar solución a la crisis, el diálogo, la razón compartida y repartida entre todos aquellos que asuman su destino, su vocación y su condición de persona.

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