jueves, 31 de marzo de 2022

Marcuse: El hombre unidimensional y su vigencia

 


Vamos a prestarle atención a una frase que Herbert Marcuse nos regala en una obra que lleva por título El hombre unidimensional escrita en 1964. La frase en cuestión dice:

“Ante las características totalitarias de esta sociedad, no puede sostenerse la noción tradicional de “neutralidad” de la tecnología. La tecnología como tal no puede ser separada del empleo que se hace de ella; la sociedad tecnológica es un sistema de dominación que opera ya en el concepto y la construcción de técnicas”.

Herbert  Marcuse es un filósofo alemán asociado a la Escuela de Frankfurt que vivió desde 1898 hasta 1979.

Escuela de Frankfurt  es la denominación que se aplica a un grupo de pensadores que en 1923 fundaron el Instituto de Investigación Social, vinculado a la Universidad de Frankfurt. Entre los miembros de la Escuela encontramos, además de Marcuse, aMax Horkheimer, a Theodor Adorno, Erich Fromm, historiadores o críticos de arte como Walter Benjamin , Lowenthal o  en la actualidad a Jürgen Habermas,

La  Escuela de Frankfurt realizó un análisis de la sociedad opulenta surgida de las sociedades capitalistas basadas en lo que denominaron racionalidad instrumental propia de la filosofía analítica, tan potente en aquellos años.

Para explicar esta racionalidad instrumental, distinguieron entre Teoría tradicional, que analizaba la realidad desde parcelas concretas evitando cualquier interpretación holística y la Teoría crítica, que sí que elabora una interpretación de la realidad teniendo en cuenta a toda ella en su conjunto, mostrando tanto las dimensiones teóricas como las prácticas, aplicando dicho análisis a todo aquello en lo que el ser humano se ve comprometido: ética, ciencia, economía, psicología, arte y un largo etcétera cae bajo la lupa que la Escuela de Frankfurt emplea para comprender la realidad y al sujeto que la conoce.

Los miembros de esta escuela, manteniendo el ideal de la Ilustración buscaban la  emancipación del ser humano insistiendo en que esta, a pesar de los avances tecnológicos producidos hasta la fecha, no se había conseguido. Se hacía necesario liberar al ser humano de la dominación y opresión que las sociedades actuales habían llevado a cabo sobre los individuos. Esta emancipación solo podía producirse desde una razón crítica.

Por eso la escuela denuncia que hasta ahora ha habido una racionalidad objetiva  que entendía la razón como expresión de la estructura de la realidad, donde había una correspondencia entre razón  y realidad, y una razón instrumental, que puede reducirse a simple cálculo de posibilidades al servicio de fines establecidos desde el exterior de la propia razón. Desde estos tipos de racionalidad surgirá un ser humano a imagen y semejanza del sistema, heterónomo y no autónomo, dependiente de elementos externos a sí mismo y no emancipado.

En el contexto de estas ideas se circunscribe el pensamiento de Marcuse. En él encontramos además una síntesis entre el pensamiento Marx y de Freud.

 Marx había puesto el acento en el trabajo alienado como el garante de la dominación del ser humano. Para Marx el hombre es esencialmente trabajador y es en el trabajo donde se realiza. En el sistema capitalista, ni el trabajo ni el producto resultante de su trabajo le pertenecen, de ahí que esa esencia, lo intrínseco a su propio ser, quede fuera de él. Solo es posible superar esta alienación aboliendo el trabajo enajenado.

Marcuse comparte con Marx que en el sistema capitalista, no solo crea productos, sino tipos de ser humano, crea sujetos para sus objetos, de ahí que se hable de la mercancía como fetiche. Mercancías que crean falsas necesidades que deben ser satisfechas, haciendo que esa satisfacción se equipare con la libertad.

Freud había puesto de manifiesto que gran parte de las actividades que el ser humano realiza las realiza sin saber por qué las realiza. Pone el punto de mira en los procesos inconscientes que se producen en el aparato psíquico, impulsos reprimidos que pueden llegar a generar neurosis en los individuos.

La sociedad es también un aparato represor de impulsos individuales. El individuo tiene que reprimir todo aquello que la sociedad en la que vive no acepta. Es lo que Freud explica a través del principio de realidad y principio del placer, correspondiendo el principio de realidad a lo que la sociedad permite y el principio de placer a lo que el individuo anhela, lo permita o no la sociedad.

Tanto en Marx como en Freud encontramos esta dialéctica, esta confrontación entre lo externo al sujeto y lo interno o esencial.

Volviendo a la frase inicial y con lo que hasta ahora hemos señalado, podemos entender a qué se refiere Marcuse con eso de que “la sociedad tecnológica es un sistema de dominación”

También aquí es fundamental tener en cuenta el concepto de razón y cómo se utiliza en la sociedad tecnológica. Marcuse denuncia que el mundo moderno ha tomado por Razón solo una de las posibles acepciones que hemos señalado antes, la razón instrumental o, en su caso, razón tecnológica.

La racionalidad tecnológica se ha convertido en un sistema de dominio, porque las sociedades industriales avanzadas han integrado en sí mismas todas las dimensiones de la existencia de manera que el hombre ha sido anulado por la sociedad. Esta sociedad ha integrado los opuestos, ha absorbido cualquier oposición, nos ha convencido de que lo importante es mantener las cosas como están aumentando la capacidad de consumo. Siempre podríamos estar peor.  Esto no es otra cosa que la irracionalidad de su “racionalidad”

Ni siquiera es necesaria una dominación violenta, sino una dominación administrada, El individuo se identifica con la sociedad. Todo es susceptible de convertirse en mercado, todo tiene un valor de cambio y poco importa el valor de verdad.

Ya no hay dialéctica porque no hay elementos contrarios que entren en diálogo. No hay contrapeso.

En esto consiste el dominio de la racionalidad tecnológica, esa parte que ha sido tomada por el todo. Y esto aparece tanto en las sociedades capitalistas como en el mundo soviético. Por eso nos dice en nuestras sociedades totalitarias no puede hablarse de neutralidad de la tecnología. No hay neutralidad que valga porque la razón tecnológica se ha hecho razón política. En palabras de Marx, la razón tecnológica es ideología y forma parte de la superestructura o conjunto de elementos jurídicos, políticos, culturales y demás instituciones que están a la base de la conciencia social.

Aunque parece no haber escapatoria, en Marcuse sí que podemos encontrar una salida. Y esta no será otra que la utopía que el arte representa. El arte será la única forma de preservar la utopía. Podrá caer esta o aquella utopía concreta pero no la utopía. En ella reside la esperanza, esa esperanza con la que cierra el libro del que hemos extraído la frase con la que comenzamos. Walter Benjamin dejó escrito, según nos recuerda Marcuse que: Solo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza.

Hasta aquí hemos visto lo que la razón tecnológica supone para Marcuse. ¿Qué queda de lo que en 1964 se dijo? ¿Tiene validez actual?

Vivimos en una época en la que la tecnología ha copado todos los ámbitos de la realidad. Todo lo que hacemos y somos está mediado por la tecnología. Se ha desarrollado hasta límites difícilmente imaginables hace unas décadas. Hoy contamos con eso que hemos denominado Inteligencia Artificial para mediar entre nosotros y las cosas y para resolver todo tipo de problemas que se nos presenta, desde los de la vida cotidiana a los complejos. Esto ha hecho que numerosos pensadores se estén ocupando de estas cuestiones.            

Un ejemplo paradigmático en la actualidad es el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que se ha pronunciado sobre estas cuestiones en diferentes obras pero más claramente en la última que ha publicado, No-cosas. En ella, trata la tecnología y la inteligencia artificial también como sistemas de dominio. Del Smartphone dice que nos controla y nos programa; que es él el que nos usa y no nosotros a él; que no solo tiene aspectos emancipadores sino que su continua accesibilidad no se diferencia de la servidumbre.

Algunos, como el filósofo alemán Markus Gabriel, han manifestado sus reticencias al desarrollo de la tecnología fuera de la ética. Contra el transhumanismo, o mejora de las capacidades humanas, tanto físicas como mentales, a través de la tecnología, ha alertado de que lo que de ahí salga ya no será un ser humano, no será un homo sapiens sapiens. Además, atendiendo a lo que Marcuse ya nos ha explicado, aplicar la racionalidad tecnológica convierte a la propia tecnología en fetiche donde los que la producen hacen su negocio a través de la apología que de esta tecnología hacen.

 

Podríamos señalar a muchos más, pero sirva esto de muestra. Lo que sí parece claro que en nuestra sociedad tecnológica regida por esa racionalidad instrumental, la pregunta por la tecnología y lo que implica en el desarrollo del modelo humano que se ha fabricado, es una pregunta de hondo calado filosófico.

 

Quedan una serie de preguntas en el aire:

¿Seguimos regidos por una racionalidad tecnológica en lugar de por una racionalidad crítica?

¿Es inevitable que la racionalidad tecnológica subsuma cualquier otro tipo de racionalidad?

¿Sigue siendo la tecnología una forma de dominio, tal como sostiene Marcuse?

¿Sigue teniendo vigencia en la actualidad el diagnóstico y la propuesta de Marcuse?

¿Podrá la tecnología emancipar a los seres humanos, liberarles de una vida pegada al trabajo? ¿Por qué no lo ha hecho hasta ahora?

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