viernes, 25 de marzo de 2011

La vida breve de Onetti

En la misma línea que Borges se sitúa Juan Carlos Onetti, pero esta vez desde la otra orilla del Río de la Plata, llevando a cabo una prolongación de la imaginación como válvula de escape para que el hombre encuentre algún consuelo en lo absurdo de su vivir y su estar en el mundo. Onetti, nacido en Montevideo en 1909, pasó gran parte de su vida entre Montevideo y Buenos Aires. Debido a la encarcelación que sufrió en su ciudad natal por ser contrario a la dictadura de Bordaberry, decidió exiliarse en Madrid, de donde ya no saldría hasta su muerte en 1994.
Onetti nos ha dejado una producción literaria marcada por su adhesión al existencialismo, propio de los años previos a la Segunda Guerra Mundial, y atravesada por la fantasía y la imaginación en perpetuo diálogo con la realidad. Al igual que Borges, Onetti se sirve de lo que fue considerado como realismo fantástico para intentar escapar, aunque sea transitoriamente, de la realidad que un mundo en conflicto estaba imponiendo. La angustia provocada por la falta de sentido del hombre en la sociedad que se estaba construyendo, llevó al escritor uruguayo a crear, si no un mundo paralelo, si una ciudad, Santa María, en la que se pudieran refugiar los personajes. Aunque pronto se verá que esta nueva ciudad adolece de los mismos males que las ciudades reales, durante algún momento, sirve de lugar de acogida. La ciudad fantástica sirve de albergue temporal para el ciudadano desubicado en la ciudad real.
Esto se ve claro en la novela que vamos a analizar someramente: La vida breve[1]. Ya en su primera novela, El pozo[2], Onetti había transitado el camino de la imaginación para hacer soportable la soledad del protagonista: “Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre mugre, encerrado en la pieza[3] Para reflexionar sobre su vida, se dispone a escribir, pero no sobre sus vivencias sino que: “lo curioso es que, si alguien dijera de mi que soy “un soñador”, me daría fastidio. Es absurdo. He vivido como cualquiera o más. Si hoy quiero hablar de los sueños, no es porque no tenga otra cosa que contar. Es porque me da la gana, simplemente .[...] algo que me obligará a contar un prólogo, algo que sucedió en el mundo de los hechos reales, hace unos cuarenta años. También podría ser un plan el ir contando un “suceso” y un sueño. Todos quedaríamos contentos[4]. Alternar sucesos reales con los sueños del protagonista es una explicación de lo que al individuo le sucede. No se pueden desvincular las vivencias de los sueños que se tienen mientras se viven. La vida y el sueño, como en Calderón, forman un todo.
Sin embargo, en esta obra, lo onírico sirve al protagonista de consuelo creando un mundo paralelo que sólo converge con la realidad en determinadas ocasiones. Eladio Linacero se avergüenza incluso  de contar alguno de estos sueños a la gente que le rodea, puesto que no son capaces de comprender las motivaciones que los originan. En La vida breve, se da un paso más allá en el terreno de lo fantástico. El protagonista de esta historia, Braussen, comienza a crear un mundo ficticio para un guión de cine encargado por la empresa publicitaria para la que trabaja. El mundo creado, Santa María, servirá para que Braussen se transforme del personaje “real” que ahora es en el Doctor Díaz Grey, personaje creado para el guión de cine. Es un alter ego del protagonista. Lo sorprendente, en el discurrir de la novela, es que Brausen acabe huyendo realmente a la ciudad que él mismo había imaginado y sea allí donde se refugie. Braussen, en una especie de caída y ascensión, pasa de ser un trabajador gris y acomodado en su rutinaria vida a ser un hombre nuevo. En un periplo que le lleva a la soledad por el abandono de Gertrudis, su mujer enferma de cáncer, al desempleo, al hastío y al tedio, Braussen tiene su caída cuando se convierte en Arce. Adopta esta personalidad para cortejar a la Queca, la prostituta que vive en el apartamento contiguo al suyo. Arce, que es el propio Braussen, va dejándose llevar cada vez más de sus instintos más primarios, abusando y maltratando a la Queca y tomando la resolución de matarla sin que en ningún momento deje claro la razón de cometer dicho asesinato. Tal vez el hartazgo, o el asco que le provoca lo que le rodea le lleva a esta determinación. Muerta la Queca a manos de un supuesto y borroso amante, Arce ayuda al asesino a escapar. En la huida, Arce y Ernesto llegan a Santa María, la ciudad inventada por Braussen y allí son detenidos, o acaso Arce huye de la policía convertido en el doctor Díaz Grey, el personaje inventado por Braussen. Como vemos, lo real y lo imaginario se entrelazan y se confunden en la figura del narrador. Por un lado, Braussen, a medida que va escribiendo e imaginando el guión de cine, va desarrollando los personajes que componen la ficción, desde el doctor Díaz Grey hasta Elena y su marido, el amante inglés de Elena o la futura compañera de fuga que es Usted. Estos personajes creados en la “realidad” de la novela de Onetti por Braussen van cobrando cada vez más realidad, más protagonismo. Su mundo es más claro que el mundo al que había pertenecido Braussen, que se había empezado a volver borroso en su transformación en Arce. Esto es así hasta el punto en que, ya en el último capítulo de la novela, el narrador de la historia pasa a ser el doctor Díaz Grey, narrando en primera persona lo que acontece. Hasta ese momento, el narrador había sido el propio Braussen. La transformación ha sido consumada. Braussen es Díaz Grey, ha escapado. Pero de lo que parece haber escapado Braussen es de la propia realidad, mudándose a la ficción de Santa María. Esta ciudad continuará siendo central en el resto de la producción novelística de Onetti y en ella se desarrollarán  El Astillero o Juntacadáveres.
Como ya se puede entrever, pasamos de una novela a la novela dentro de la novela, donde ambas se confunden y se vertebran, donde el propio Onetti es personaje y compañero de oficina de Braussen. La realidad ya no tiene una única dimensión, sino que participa de lo imaginado. No hay realidad propiamente dicha o lo propio de la realidad es esta irrealidad. Por esta razón, Onetti pertenece al realismo fantástico, por convertir a la fantasía en realidad. Como en Borges, lo que nos rodea puede asirse de muchos modos y lo imaginario forma parte de lo que tradicionalmente se ha considerado real. No hay escisión entre real e imaginario porque ambos conceptos son la misma dimensión del conocer humano.


[1] Onetti. J. C. La vida breve. Grupo Anaya S. A. Madrid, 1994.
[2] Onetti. J. C. El pozo. Punto de lectura S. L. Madrid 2007.
[3] Ibid., pág. 12.
[4] Ibid., pág. 14.

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