miércoles, 24 de octubre de 2012

CINE, FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN


La idea principal de la que podríamos partir son estas líneas que Ortega y Gasset dedica al estudiar en su artículo titulado “La falsedad del estudiar”, sosteniendo que es necesario…reformar profundamente ese hacer humano que es el estudiar y, consecuentemente, el ser del estudiante. Para esto es preciso volver del revés la enseñanza y decir: enseñar no es, primaria y fundamentalmente, sino enseñar la necesidad de una ciencia, y no enseñar la ciencia cuya necesidad sea imposible hacer sentir al estudiante. Desde esta idea, podemos preguntarnos por la necesidad que siente el propio alumno a la hora de encarar el estudio de cualquier materia en general y de la filosofía en particular. La esencia de ser estudiante es interesarse por algo que no le interesa. Siguiendo a Ortega, abogaremos por enseñar la necesidad de una ciencia, la filosofía, para que esta necesidad se convierta en algo interno del estudiante. Encontrar los ejemplos prácticos para activar esa necesidad en los estudiantes ayudaría a poner de relieve la importancia que la filosofía tiene en el conocimiento de lo que nos rodea. Una de las funciones de la filosofía es analizar todos los fenómenos mirando hacia el exterior de nosotros mismos. Otra función es la de analizar nuestro interior, un mirar hacia adentro que nos lleve a la comprensión de cómo nos relacionamos con las cosas circundantes y cómo éstas se relacionan con nosotros. En este deambular de la mirada, de lo externo a lo interno para dirigirse otra vez hacia afuera, está la base de cualquier actitud filosófica. Y esto es algo que se puede enseñar a través de la filosofía, mirando hacia lo exterior para poder sacar conclusiones que nos guíen a lo largo de toda la vida.
Una de las cosas externas a la que podemos dirigir la mirada es a la producción artística en general, pues es el resultado del intelecto humano fuertemente arraigado en la cultura a la que cada cual pertenece. Es bastante común que los filósofos de más renombre hayan recurrido a imágenes relacionadas con lo artístico para poder explicar y poner en común lo más complejo de sus teorías. Así, algunos, como Platón, se han servido de los relatos míticos para apoyar o rechazar algunos supuestos principios que habían sido considerados como tales por el resto de sus congéneres, sin preguntarse hasta las últimas consecuencias por la verdad que estaba a la base de esos principios. De este modo, se ha podido enjuiciar críticamente numerosos aspectos de la realidad de cada época para poner de manifiesto las verdaderas intenciones que había detrás de normas de comportamiento que se consideraban inamovibles, es decir, reflexionar sobre el modo en el que se nos presentan las cosas, sin dar por definitivamente buenas todas las explicaciones que sobre ese presentarse se han dado hasta el momento en el que se aborda la cuestión. Se trata de un salir hacia afuera de las explicaciones convencionales para poder reflexionar sobre su fundamento. Por decirlo con un lenguaje más clásico, salir del mito para entrar en el logos. Como llevar a cabo esta labor puede convertirse en algo muy complejo, pues para hacerlo necesitamos abstraer aquellos elementos de la realidad tangible para operar con ellos, intentando descontaminarlos de toda la carga ideológica que puedan contener, se hace necesario recurrir a ejemplos más livianos para poder hacer inteligible lo que habíamos alejado de la cotidianeidad.
La literatura ha servido para dar ejemplo de estos pensamientos abstractos de manera mucho más digerible para el público no especializado que el puro ensayo filosófico. Hay que recordar que muchos filósofos no sólo han recurrido a ejemplos literarios para hacer comprensibles sus teorías, sino que además han escrito relatos o novelas donde se exponían casos prácticos, aunque pertenecientes al campo de la ficción, de sus modelos de hombre, de sociedad, de forma de relacionarse con lo que les rodea, etc. Un ejemplo de filósofo preocupado por este tipo de proceder es el de Miguel de Unamuno que, además de sus obras de contenido y forma puramente filosóficos, ha creado otro tipo de relatos novelescos (nivolescos) donde quedaban ejemplificados sus propias teorías, como el caso de su San Manuel Bueno, mártir, obra literaria que contiene gran parte de lo expuesto teóricamente en Del sentimiento trágico de la vida o en La agonía del cristianismo. El caso del pensamiento español es especialmente significativo pues, a lo largo de nuestra historia, ha sido común que la filosofía fuera de la mano de la literatura, debido, en gran parte, a la falta de institucionalización de la filosofía en un mundo académico universitario.. Nuestros filósofos han tenido que encontrar vías de expresión más adecuadas para exponer sus teorías, sirviéndose de la ficción para que sus personajes dijeran aquello que ellos no podían decir en foros académicos y universitarios.
 Con enormes reminiscencias literarias, podemos encontrar una de esas artes que pueden servir como vehículo para la transmisión no sólo de ideas filosóficas más o menos abstractas, sino de actitudes filosóficas ante la vida. Este arte es el cine. Puede llegar a todos los públicos independientemente de su condición cultural o social y del grado de desarrollo de su cultura. El cine necesita de la palabra hablada acompañado de imágenes para poder transmitir sus mensajes. La imagen, esencia del cine, sirve para transportarnos a todos los mundos posibles que el cineasta quiera inventar. Algunos filósofos, como Jean Paul Sartre, han escrito, además de sus ensayos filosóficos (El ser y la nada) y obras literarias (La nausea, El muro o La infancia de un jefe), guiones de cine con el propósito de llevarlos a la gran pantalla (El Engranaje), donde se desarrollan aspectos importantes de su filosofía como la libertad, el poder y sus consecuencias. Con estos ejemplos, queremos poner de manifiesto que el discurso filosófico no es un discurso cerrado y encorsetado en unos estándares ensayísticos cargados de profundidad en unos casos y de oscurantismo en la mayoría de ellos.
Desde los primeros momentos de su existencia, el cine se ha utilizado para legitimar el estado de cosas existente por parte de los que ostentaban el poder o para intentar deslegitimar este estado de cosas por parte de los que pretendían ostentarlo. Aunque no es la única manera de tratar el cine, este carácter didáctico, capaz de lanzar mensajes y consolidarlos, ha sido un aspecto del cine que no ha pasado inadvertido. A través de las películas se pueden crear realidades que nos muestren las consecuencias de determinadas acciones, consiguiendo que el espectador se posicione moralmente a favor o en contra de lo que se le cuenta. Se puede crear modelos de sociedad o de ser humano que el espectador adoptará o no, según sus intereses, su formación, su carácter, su sistema de creencias, etc. El cine se convierte así en un creador de realidades/ficciones, de imágenes de lo real, como si se tratara de la mismísima caverna de Platón. La oscuridad de la sala o las apariencias de realidad que son escrutadas por el espectador pueden hacernos ver estas similitudes entre ambos elementos. Junto con la televisión, la radio e internet, estos medios se están convirtiendo en los verdaderos educadores de las sociedades, pues es a través de ellos por donde las sociedades reciben la  supuesta información que les aporta el conocimiento del mundo. Analizando estos medios comprenderemos mejor nuestro mundo.

jueves, 11 de octubre de 2012

El cine y la producción de realidad. Baudrillard en el cine.



Decía Jean Baudrillard, en una lectura muy recomendable para todos aquellos que quieren pensar un poco en el basamento del mundo en el que vivimos,  que lo que impera en nuestros tiempos es  la simulación de la realidad, el simulacro de la realidad: “La simulación [...]es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal[1] Ya no hay una realidad a la que se puede acercar el científico o el pensador para tratar de saber lo que hay sino que el trabajo de campo se debe hacer sobre lo hiperreal, suplantador de lo real. Baudrillard entiende lo hiperreal como los signos de lo real o aquello que precede a lo real. Estos signos son los que se pueden manipular, entremezclar y se construyen como realidad. Es la realidad producida que se consume como cualquier otro producto fabricado. Y en eso consiste el simulacro, en hacer pasar por real lo hiperreal. Para que esta producción pueda ser llevada a cabo, es necesario que exista un productor. Baudrillard señala a los medios de comunicación como los verdaderos artífices de la fabricación de “realidades”. Los “mass-media” son los que ponen en situación a la masa para consumir determinadas realidades fabricadas. Así, la masa “adquiere”, como si del coche, la casa o de un champú se tratara, la realidad que más le conviene, le interesa o le convence, de modo que sobre esa “realidad adquirida” construye su ideología y su modo de vida, su modo de aproximarse a lo hiperreal que considera real. En esto consiste el simulacro que da título a la obra.

El cine, aunque lo intente ocultar en la oscuridad de la sala, tiene algo de esto. Es simulacro porque llega a construir relatos tan bien elaborados, donde se entrelaza lo visual y lo sonoro, donde se apela a la afectividad del espectador (el que asiste al espectáculo), consiguiendo despertar emociones de amor, ira o tristeza, por decir algunas. Es simulacro porque sabe que el espectador llegará a empaparse (si la película es lo suficientemente aceptable) de las vivencias de los personajes hasta el punto de hacerlas propias (quien no llega a tener sentimientos contradictorios con Juan (Luis Tosar) de Te doy mis ojos[2], o entender las motivaciones para la masacre de William Munny  (Clint Eastwood)  en Sin perdón[3], o sentir la congoja y el desasosiego de los alumnos del Instituto de Columbine con el visionado de Elephant[4]. Es simulacro porque ¡parece tan real en algunas ocasiones!.

Y sin embargo, es un relato más. Un producto guiado por un interés económico, social, político, de denuncia o de entretenimiento sin pretensiones (además de las económicas, se entiende). Pero es un relato de lo real o sobre lo real, fuente de diferentes perspectivas cuya suma, como pretendía Ortega, implica el conocimiento. El cine ayuda a comprender la realidad con sus ejemplos y contraejemplos, ya que tiene la capacidad  de encuadrar aspectos concretos de la realidad que de otro modo podrían pasarnos desapercibidos. El cine, como arte, tiene capacidad de despertar los resortes del raciocinio y de la crítica en el que no se conforma. El cine nos plantea discernir  la diferencia entre realidad y ficción a través de esa realidad producida. El cine nos invita a reflexionar filosóficamente sobre estos aspectos y en nuestra mano e interés está aceptar o no esa invitación y desarrollar las capacidades descritas.

Por estas razones, entre otras, el cine es una herramienta útil en el aula,  para hacer descender a la filosofía del ámbito de lo puramente abstracto, solamente entendible por unos pocos “privilegiados” y llevarlo al terreno de lo cotidiano, de la vida de cada cual, para que el alumno interiorice el motivo por el cual surgen las problemáticas que los filósofos desarrollan, de modo que desde ahí se pueda ir ascendiendo, gradualmente, en la complejidad de las respuestas, propiciando  una base firme que permita reconstruir el pensamiento de cada uno de los autores.





[1] Baudrillard, J. Cultura y simulacro. Ed. Kairós. Barcelona 2008. Página 9.
[2] Bollaín, I. Te doy mis ojos. España. 2003.
[3] Eastwood, C. Sin perdón. EEUU. 1992.
[4] Van Sant, G. Elephant. EEUU. 2003.

viernes, 9 de septiembre de 2011

La Pedriza del Manzanares (2). Los pioneros.


Si en 1931, aunque en otro sentido, Edmund Husserl había defendido como método del conocimiento “ir a las cosas mismas”[1], este ir a las cosas mismas ya había sido adoptado por los hombres que formaron la Institución Libre de Enseñanza en general y por Francisco Giner de los Ríos en particular como método de aprendizaje y de Enseñanza. Tal como dejaron escrito en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza al crear la “Sociedad para el estudio del Guadarrama” y frente a las vías indirectas de conocimiento, las bases del excursionismo llevaban “a estudiar la naturaleza en el medio de ella; la industria, dentro de las fábricas; el arte, ante os monumentos; la geografía, recorriendo la tierra; la historia, en los archivos y museos, y aun en los sitios en que tuvieron lugar los acontecimientos; la sociología, hablando y viviendo con las gentes”.[2] En el espíritu de los hombres de la Institución Libre de Enseñanza había el claro convencimiento de que el estudio de las diferentes disciplinas no debía ser meramente teórico, de segunda, tercera o cuarta mano, sino que el que tuviera el estudio por quehacer debía ir al conocimiento directo de las cosas que estudiaba, promoviendo, como nunca antes se había hecho, la investigación científica como única vía del avance y el progreso de las ciencias españolas. De este modo, creían no sólo avanzar en cada una de las disciplinas particulares sino también en el conjunto de los saberes, llevando a cabo la tan deseada regeneración del España. No es, pues, sólo un ámbito científico el que aquí está en juego, sino que lo que se pone en cuestión es el modo de hacer de España un país a la altura de los vecinos del norte y de recobrar cierta posición de prestigio dentro del panorama intelectual europeo. Regenerar la cultura y la investigación científica es regenerar España. Es pues, un plan de regeneración nacional.
            Con este fundamento, convencidos de que el conocimiento interdisciplinar era lo prioritario para llevar el proyecto regeneracionista, Francisco Giner de los Ríos y sus compañeros de viaje de la Institución Libre de Enseñanza, comenzaron a interesarse por las montañas de Madrid, por sus paisajes, por su composición y por abrir al público el conocimiento de estos lugares. En esto, estaba una concepción del paisaje que englobaba no sólo las formas geográficas, sino que “los elementos o componentes del paisaje –el relieve, la vegetación, el agua, el cielo, la atmósfera,  los animales, el hombre y sus obras- formaban una unidad, o, como dice Giner, “un todo indivisible”[3] Porque el hombre estaba incluido en el conocimiento geográfico y la geografía es otro medio más para conocer al hombre. El hombre forma parte del paisaje y está incluido en él de forma armónica, como parte de la naturaleza que es y a la que está unido permanentemente. Partiendo de esta consideración antropológica, el conocimiento de la geografía, de la Sierra del Guadarrama, es el conocimiento del hombre, un hombre inescindible de la naturaleza. Por ello, y como consecuencia lógica de este planteamiento, comenzaron a realizar excursiones a la Sierra del Guadarrama un grupo de pioneros, siendo la primera en el mes de julio de 1883, como recuerda Cossío en el discurso de inauguración de la Fuente de los Geólogos en 1932: “El año que viene hará precisamente medio que un amanecer del mes de julio de 1833 salía de Villalba por esta misma carretera de Navacerrada un grupo de alumnos y maestros; todos a pie, con su cayado y con su lío al hombro. Era la primera vez que la Institución acometía la conquista de la sierra. Había ya visitado monumentos y ciudades, próximas y lejanas; había deambulado por otras regiones de llanura y montaña; pero la sierra, esta sierra, estaba todavía para ella inmaculada[4].

            Este primer viaje supone el inicio de una serie de excursiones que se irán sucediendo y que permitirán ir conociendo la hasta entonces absolutamente desconocida sierra madrileña y sentando las bases de los posteriores avances en el conocimiento geográfico de la península. La montaña estaba allí para su descubrimiento y conquista por parte de estos hombres aventureros a la vez que especialistas en sus respectivos campos como la geología. Además de Francisco Giner de los Ríos, otras personalidades importantes en este proyecto son José Macpherson que fue Presidente de la Sociedad española de Historia natural, fundada en 1871, y colaboró desde el principio en las actividades de la Institución Libre de Enseñanza y posteriormente Director de la Sociedad para el Estudio del Guadarrama, creada a finales de 1886, o Salvador Calderón, doctor en Ciencias en la rama de naturales y gran conocedor de la geología de su época.

            Este tipo de planteamientos se estaba llevando a cabo dentro de lo que se ha denominado como la modernización de la geografía moderna, que tenía un enfoque eminentemente naturalista y que había sido iniciado a principios del siglo XIX por Alexander von Humboldt y Karl Ritter, que después había sido ampliado por los franceses como Élisée Reclus o Paul Vidal de la Blanche y del que los geólogos y los miembros de la Institución Libre de Enseñanza eran deudores. La tesis principal que en estos pensadores se sostiene es que el conocimiento geográfico debe situarse muy cerca del conocimiento naturalista, de ahí la importancia de las excursiones para el conocimiento geográfico y natural del medio que se trata de comprender y enseñar. Para estas excursiones se crearon unos cuestionarios que los excursionistas debían rellenar durante sus visitas para, posteriormente, poder exponer sus impresiones. Este método propulso una inquietud investigadora e indagadora enfocada a la transmisión de lo observado que potenció el desarrollo de todo un género dedicado a la explicación a modo de guía de los parajes visitados.

            El excursionismo llevó a estos hombres a recorrer, paulatinamente, toda la Sierra del Guadarrama y a ir creando instituciones y agrupaciones con los más ilustres componentes. Así, en noviembre de 1886 se creo la ya mencionada Sociedad para el estudio del Guadarrama, cuya junta directiva la formaron cuatro profesores de la Institución Libre de Enseñanza, como son José Macpherson, Joaquín Sama, Ignacio Bolívar y Francisco Quiroga que junto con otros veintidós socios fundadores sentaron las bases del resto de organismos asociados al montañismo. También tuvieron importancia los naturalistas asociados a la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, creada en 1907 por el Estado que propició la concesión de numerosas pensiones que permitieron ampliar estudios en el extranjero y traer de allí los conocimientos adquiridos para emplearlos en la nueva geografía que se empezaba a practicar, que a su vez creo el Centro de Estudios Históricos y el Instituto Nacional de Ciencias, organismos fundamentales para el desarrollo profesional de estos investigadores. Posteriormente y siempre conectados con la Institución Libre de Enseñanza y bajo el magisterio de Francisco Giner de los Ríos, se creo la Sociedad Peñalara, en octubre de 1913, que comenzó llamándose Peñalara-Los doce amigos, de la que fue primer presidente Constancio Bernaldo de Quirós que, como veremos, será fundamental para el conocimiento de La Pedriza del Manzanares. Estas instituciones  fueron el punto de arranque de un tipo de conocimiento del entorno natural y de las regiones naturales que ya era imposible contener. El ideario de estas instituciones tenía como cometido realizar una labor de cultura y estudio del medio y no solamente la práctica deportiva: “La Sociedad Peñalara se mantuvo así especialmente atenta al componente cultural del excursionismo, a los variados aspectos culturales implicados en el acercamiento a la naturaleza y al paisaje, sin olvidad la dimensión científica del asunto[5] Los doce amigos integrantes de la Sociedad Peñalara ven en el guadarramismo una fuente de rehechura del alma de España, tan dañada después del 98.


[1] HUSSERL, E. Meditaciones cartesianas, Editorial Tecnos, Madrid, 2006.
[2] El texto mencionado, perteneciente al BILE, ha sido entresacado del estudio preliminar de Octavio Ruiz Manjón “Educación y paisaje en la España de comienzos del siglo XX”en BERNALDO DE QUIRÓS, Constancio, Sierra Nevada, Caja General de Ahorros de Granada, 1993. Página 14.
[3] ORTEGA CANTERO, N. Paisajes y excursiones. Francisco Giner, La Institución Libre de Enseñanza y la Sierra del Guadarrama. Raíces-Caja Madrid Obra Social, Madrid, 2001. Pág. 21.
[4] Ibid., páginas 292 y 293.
[5] [5] Ibid., página 269.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La Pedriza del Manzanares (1)


El macizo de La Pedriza del Manzanares, inserto en el corazón de la Sierra del Guadarrama, en el Sistema Central y perteneciente a la Comunidad de Madrid, es hoy día un lugar de visita  y de parada imprescindible para todos aquellos que quieran tener un conocimiento adecuado de los paisajes naturales de esta sierra en concreto y de la Comunidad de Madrid en general.

En la actualidad, cualquier visitante puede recorrer las veredas, caminos y pistas forestales, debidamente acondicionadas y señalizadas, de este paraje natural sin parangón con el resto de la Sierra del Guadarrama con las comodidades que la protección actual por parte de las autoridades regionales permite. Sendas minuciosamente señalizadas, mapas al pie del camino que nos indican el lugar exacto en el que nos encontramos, miradores con postes informativos en el que se incluyen fotos del horizonte montañoso con los nombres de los picos y las zonas más emblemáticas que desde dichos miradores pueden contemplarse, una carretera que nos lleva desde la entrada en el macizo montañoso, a las afueras de Manzanares el Real y donde se ha instalado el Centro de Educación Ambiental, que asciende hasta los aparcamientos situados al comienzo de la Pedriza Posterior, donde se encuentran, además de los aparcamientos, chiringuitos para que el visitante pueda avituallarse para seguir el camino o simplemente disfrutar de una comida al aire libre en la contemplación de un paisaje que nada tiene que ver con el de la ciudad, de la que la mayoría de los visitantes provienen.

Porque ahora, con este tipo de vías de comunicación, no es necesario que el visitante a la Pedriza posea una forma física mínimamente aceptable para subir hasta ese punto, sino que hasta allí se dirigen, sobre todo los fines de semana, una gran cantidad de familias, grupos de amigos y excursionistas ávidos de consumir la montaña, de fotografiarse en sus riscos o junto a las aguas recién nacidas del río Manzanares, para poder incrustarlas en sus álbumes fotográficos donde se acumulan las instantáneas de los numerosos viajes turísticos que la sociedad de consumo insiste en recalcar como forma de vida apegada al conocimiento, confundiendo constante y deliberadamente al turista con el viajero, al conocedor del medio con el visitador compulsivo y adicto a la fotografía que atestigüe, como si de una inscripción en un pupitre o en la corteza de un árbol se tratase, un “yo estuve allí” del que poder presumir ante los amigos y la familia que no han tenido la dicha de visitar estos lugares provocando una envidia y un sentimiento de emulación en éstos que les hará visitar lugares para comenzar la competición por ver quién es el que más lugares guarda en su álbum.

Con otras motivaciones, no exentas de cierta sujeción a la moda, pero con un gran valor  educativo, numerosos autocares escolares se acercan, durante la semana lectiva, a la Pedriza del Manzanares a recorrer las partes más transitables y “urbanizadas” para que los alumnos tengan un contacto real, ahora que casi todos los aprendizajes son virtuales, de la vegetación y la fauna, de la orografía, de la historia y de la literatura inspirada en estos paisajes. Los docentes se empeñan en hacer confluir todas estas disciplinas en una observación directa sobre el terreno, siguiendo el modelo que comenzó con la Institución Libre de Enseñanza a finales del siglo XIX y que ha continuado, por lo beneficioso, educativo y divertido -hoy que hay que divertir enseñando- hasta nuestros días. Es beneficioso ya que la mayoría de los estudiantes que pertenecen a la gran urbe que es Madrid, no tienen contacto con el mundo rural y con las montañas debido a que el ocio promovido por las campañas publicitarias -verdaderas rectoras del modo actual de comportamiento humano- está más vinculado a su negocio (recuérdese que negocio no es más que negación del ocio), es decir, a incentivar un ocio vinculado al consumo, que provoque gasto en el ocioso y beneficio en el negocio, y este se encuentra, sobre todo, en las nuevas catedrales que son los centros comerciales. El mercado ha invadido también los recónditos lugares de la Pedriza del Manzanares, y es común que los estudiantes de bachillerato que se bajan de los autocares vayan pertrechados con un completo equipo de excursionista tipo, adquirido en la sección de “Montaña” o “Senderismo” de los comercios especializados de moda.

Sin embargo, el conocimiento de La Pedriza es muy reciente, y hasta hace no mucho más de cien años, muy pocos eran los que se adentraban por estos parajes y los que lo hacían eran los habitantes de los pueblos que la rodean, de Manzanares el Real, El Boalo o Matalpino, con sus ganados. Por ello, es necesario echar un vistazo a qué es lo que ha ocurrido durante el último siglo para comprender porqué La Pedriza del Manzanares es hoy un lugar concurrido además de por las gentes descritas más arriba, por una gran cantidad de amantes a la montaña, a la geografía, la botánica, la zoología, la historia, la literatura y la filosofía que, como los pioneros, se sienten atraídos por esta forma de vida y de conocimiento.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

MEMORIA E HISTORIA EN LA FIGURA DEL TESTIGO (VICTIMA Y VERDUGO)


Según Enzo Traverso “Historia y memoria nacen de una misma preocupación y comparten un mismo objeto: la elaboración del pasado.” Sin embargo, aunque compartan el fin hacia el que se encaminan, no son lo mismo. “La historia es un relato, una escritura del pasado según las modalidades y reglas de un oficio” En cambio, “la memoria es eminentemente subjetiva. Queda anclada por los hechos que hemos presenciado, de los que hemos sido testigos, es decir actores, y a las impresiones que han dejado en nuestro espíritu [...] El relato del pasado prestado por un testigo [...] será siempre su verdad, es decir, la imagen del pasado depositada en sí mismo.” Y sigue diciéndonos, “La memoria es una construcción, siempre filtrada por conocimientos adquiridos con posterioridad, por la reflexión que sigue al suceso, por otras experiencias que se superponen a la originaria y modifican el recuerdo [...]En conclusión, la memoria individual o colectiva es una visión del pasado siempre matizada por el presente. 

            Aceptemos esta división entre historia y memoria como dos formas de acercarse al pasado desde el presente. La primera, con intención científica, siguiendo los patrones y los cánones que la ciencia histórica postula, para llegar a las cotas más altas de objetivismo. La segunda, aportando desde el presente su visión subjetiva del acontecimiento pasado, sujeta por tanto a los vaivenes de las vivencias, de los olvidos, a los propios achaques del sujeto que rememora. La historia se servirá de la memoria en su reconstrucción del pasado, pero no sólo en ella. La memoria no necesita de la historia para esta reconstrucción, puesto que es el testigo el que recuerda su propia historia, lo que ha vivido. Es el testigo el que hace su propia historia, es la historia con minúsculas, su “intrahistoria”, la del que padece la historia o los llamados grandes acontecimientos. Son dos visiones, la historia, para el gran público, para los que no vivieron esos grandes acontecimientos, y la memoria, los relatos de los que estuvieron insertos en esos acontecimientos históricos.

            Un vez que tenemos estos dos modos complementarios de acercarse al pasado, podemos observar que en los últimos años la figura del testigo ha cobrado una importancia inusitada. Es lo que se ha venido a llamar la Era del Testigo. Dar voz a los que padecieron alguna injusticia en la historia se ha convertido en una forma de recompensa, de reparación.

Insertos, como estamos, en una mentalidad retributiva, donde la transacción comercial siempre está presente en todos los ámbitos y donde cada uno debe cobrar los réditos que le corresponden, donde se hace válida la máxima “a tanto sufrimiento, tanto reconocimiento”, el testigo cobra un lugar privilegiado después de años de ostracismo, ignorados hasta que cambia la situación política.  Su aportación al relato histórico dará una base de rigor fundamentado en el testimonio del que estuvo allí.

Pero no todos los testigos tienen que ser víctimas, testigo no es más que aquel que estuvo presente en un determinado acontecimiento histórico y que puede dar testimonio de ello, por lo tanto, puede ser el verdugo y no la victima como los oficiales nazis e, incluso, ser victima y verdugo al mismo tiempo como en el caso de los sonderkomandos de los campos de concentración y de exterminio nazis.
El testigo aporta sobre todo memoria en sus testimonios. Testifica, da cuenta de los hechos que de otro modo sería imposible conocer, propone su interpretación de los hechos, particulariza los hechos generales de los que trata la historia, se hace actor de la historia. La historia se sirve de estos testimonios para elaborar el conocimiento del pasado, pero no solamente se sirve de ellos, sino también de documentos escritos que hacen las veces de testimonio pero sin estar tamizados por el recuerdo presente. El historiador no puede dejar que el testigo, es decir, la memoria, sea la única fuente de su trabajo. Al testigo no le es necesario el conocimiento general del momento histórico para elaborar su propio recuerdo. Su vivencia es la suya y eso es lo que transmite en su testimonio.

El testigo, por tanto, tiene su valor y su importancia vital en la reconstrucción del pasado más inmediato. Sin embargo, debe evitarse caer en la mitificación del testigo, de hacerlo mártir, asociándolo con frecuencia a la víctima, crear una especie de iconografía mítica alrededor del testimonio, como es el caso, por ejemplo, de la labor llevada a cabo por Survivors of the Shoah Visual History Foundation, el proyecto más extenso para registrar los testimonios de los supervivientes de los diferentes campos de concentración y de exterminio con unos criterios basados en la acumulación indiscriminada de testimonios, sobrepasan el tema del antisemitismo para convertirse en un archivo de la supervivencia.

En el momento actual, quizá propiciado por interés comercial, la figura del testigo-víctima tiene una presencia constante. Desde diversos foros, se pide la constante intervención de las victimas en los debates políticos que les conciernen. Aprovechándose de la dignificación del testigo y de la equiparación entre los términos testigo y víctima, numerosas asociaciones de víctimas legitiman sus demandas, llegando en ocasiones a exigir mayor valor de sus apreciaciones por el hecho de ser víctimas. La cuestión estará, por tanto, en dar la importancia y el valor que los testimonios aportan, pero no hacer girar la investigación histórica en su derredor. El historiador debe tener en cuenta al testigo pero sin caer en las modas que nos hacen abarrotar los discursos históricos o filosóficos de un único tipo de testigos, como los de los ejemplos anteriormente señalados de los campos de exterminio sin tener en cuenta otros grandes genocidios como Hiroshima o Nagasaki. El historiador debe adentrarse en todos lo testimonios con la misma imparcialidad, sea este de víctima o de verdugo, para llevar a cabo una reconstrucción del pasado con el mayor rigor posible. 

martes, 6 de septiembre de 2011

UNAMUNO Y LA AGONÍA DEL CRISTIANISMO.


Dice Unamuno en El sentimiento trágico de la vida: “No quiero morirme, no; no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia.”[1]  
           
            Esta es la motivación más fuerte que mueve el pensamiento de Unamuno. Es por esto por lo que actúa. Pero es esto lo que le hace concebir la vida como tragedia. En las palabras señaladas más arriba está resumida gran parte de la concepción de la vida que Unamuno mantiene. Quiere ser siempre, quiere vivir siempre, no quiere morir. El cristianismo ha hablado de la vida después de la muerte, de la resurrección de la carne, de la sangre redentora. Pero ¿En qué consiste ser cristiano? A esto va a consagrar su esfuerzo en las páginas que componen este breve ensayo. Vamos a verlo más detenidamente.

            Unamuno escribe esta obra en París, “para un público universal y más propiamente francés” en 1925. La obra consta de una Introducción y diez capítulos ejerciendo el último la función de conclusión. A lo largo de ellos nos explica, qué es para el cristianismo, qué es ser cristiano, qué es estar vivo.

            Comienza explicándonos qué es agonía. Agonía es lucha. “Agoniza el que vive luchando, luchando contra la vida misma. Y contra la muerte” Para Unamuno el modo de vivir, es decir de luchar, es dudar. Estos tres términos están completamente unidos, no se pueden casi discernir separados. La agonía es la lucha por querer seguir vivo, no es dejarse morir pasivamente. Fundamenta la duda basándose en que la fe es creer lo que no vemos. Si tenemos fe, si creemos lo que no vemos, nunca estaremos seguros, nunca tendremos certeza. Esta duda, esta lucha es lo que constituye la agonía del cristiano. Unamuno muestra aquí una postura lejana a la ilustración, de plena confianza en la razón. El individuo necesita creer, aunque no tenga certezas. Esta necesidad le provoca angustia, agonía. Esta es la tragedia del ser humano. Esta es la tragedia de Don Manuel en San Manuel Bueno, mártir; querer creer aunque no se consiga. Dice Nietzsche en La genealogía de la moral[2] : “Ahora bien, en el hecho de que el ideal ascético haya significado tantas cosas para el hombre se expresa la realidad fundamental de la voluntad humana, su horror vacui; esa voluntad necesita una meta-y prefiere querer la nada a no querer.-”  Unamuno quiere creer, a pesar de las dudas. Esto le provoca angustia, le convierte la vida en agonía. Por esto dice que al cristianismo hay que definirlo agónicamente, en su función de lucha. La cristiandad, como cualidad de ser cristiano, es ser Cristo. La cristiandad es una preparación para la muerte, para la resurrección, para la vida eterna. Esta resurrección, este no morir o este morir para vivir es lo que constituye la agonía. Resurrección de la carne frente a inmortalidad del alma. Unamuno contrapone una serie de términos que le ayuda a mostrar esa lucha continua en la vida y por la vida. Nos cuenta la historia de Abisag, la sunamita. Unamuno dice que el hombre busca la inmortalidad de su carne en sus hijos. La agonía de Abisag está en que de quien está enamorada no le puede dar hijos. Calienta a David, lo besa, lo ama, pero no se llegan a conocer en sentido bíblico. La maternidad y la paternidad son situadas en el centro del hambre de inmortalidad. En la procreación se produce la resurrección.

            Unamuno analiza también el supuesto nivel social del cristianismo. Democracia cristiana, cristianismo social no quieren decir nada. El cristianismo es un hecho individual. Contrapone derecho y deber a gracia y sacrificio, lo jurídico frente a lo cristiano. El hombre vive en sociedad, tiene que crear reglas para la convivencia. Pero esto ya no es cristianismo, es sociedad civil. “El puro cristianismo, el cristianismo evangélico, quiere buscar la vida eterna fuera de la historia...”  Hay que recordar que el reino del que habla Cristo no es de este mundo luego, el cristiano que de verdad lo sea, no vive para este mundo. El proyecto de sociedad no es del todo compatible con el de cristiandad. Porque Unamuno nos dice: Nada hay más universal que lo individual, pues lo que es de cada uno lo es de todos. Cada hombre vale más que la humanidad entera.”[3]  Pero no es posible un individualismo absoluto, que sería vivir sólo, desnudo y en el desierto. Por eso distingue entre los cristianos que viven en soledad, en celibato y aquellos que procrean y cuidan a sus hijos. Ambos viven en contradicción porque ambos desean vivir de manera opuesta. Esta también es la agonía del cristiano. Para explicar esto mejor nos pone los ejemplos de Pascal y del Padre Jacinto. El primero se refugia en sí mismo y no consigue destruir la contradicción, vive en constante agonía. El segundo busca un hijo para hacerse inmortal en él. Con la muerte de su hijo y la de su mujer queda viudo y huérfano de hijo. Tampoco deja de vivir la agonía del cristianismo.

            Como conclusión, Unamuno realiza una descripción de la agonía de su patria. Destaca aquí el canto patriótico que hace desde el exilio. “El cristianismo mata a la civilización occidental, a la vez que ésta mata a aquel” Continúa la agonía.

            Lo cierto es que en esta obra de Unamuno vemos reflejado, si no pesimismo, un cierto tono de tristeza. Aborda los temas principales de su pensamiento. La obra es riquísima en referencias bibliográficas, donde podemos observar las influencias que recibe. La cantidad de problemas que plantea, aunque sea de manera somera, son innumerables: civilización y cultura (Kultur); positivismo como fórmula agotada; socialismo, cristianismo y un largo etcétera. 

            Las ideas aquí expuestas, que también se encuentran en Del sentimiento trágico de la vida, fueron plasmadas a modo de novela en San Manuel Bueno, mártir. La duda, el querer creer, la agonía, la tragedia, son temas arraigados a la propia personalidad de Unamuno. Esta fue su agonía, es decir, su lucha, su vida.



[1] Miguel de Unamuno: El sentimiento trágico de la vida. Capítulo 3. Alianza Editorial, Madrid, 1986. páginas 58 y 59.
[2] Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral, tratado tercero, 1. Alianza Editorial, Madrid, 1972 página 128.
[3] Véase nota 1.

jueves, 1 de septiembre de 2011

ALETHEIA


El concepto griego aletheia ha cosechado gran eco a lo largo de la historia de la filosofía y ha servido como apoyo a la explicación que del concepto de verdad se ha dado. Como primera aproximación a una definición diremos que  se traduce por des-ocultamiento, des-velamiento. La búsqueda de la verdad, explicada a través de la aletheia, será pues dar luz a lo oculto, a lo oscuro, a lo velado.

            Uno de los primero en afianzar este término fue Platón[1], en el conocido “mito” o símil de la caverna. Lo que el esclavo ve en realidad son reflejos, sombras que proyecta la luz lejana. Se desenvuelve en la semioscuridad de su modo de aproximarse a las cosas, a los entes. Para dar luz a su entendimiento, necesita volverse, girarse hacia la luz que causa las sombras. Lo primero que encontrará será la luz artificial, de las antorchas. Pero no se puede quedar ahí, debe seguir hasta encontrar la salida de la caverna y ver la luz natural del sol. Este es el camino de la sombra a la luz, de la doxa a la episteme. Así comienza el camino hacia el saber, en el peregrinar desde el interior hasta el exterior. El movimiento no se detiene aquí, sino que debe continuar el viaje, volviendo a la caverna para comunicar que el mundo de sombras en el que sus congéneres viven no es el mundo verdadero, sino que el conocimiento está fuera de las profundidades de la caverna. El camino de regreso es el camino de la paideia, de la formación y de la educación del resto de ciudadanos, un cambio en el modo de ver las cosas. En eso consiste educar, en enseñar al resto a volver su alma hacia la luz que las ideas desprenden, en mirar más allá de las cosas presentes, en desvelarlas y desocultarlas. Porque el modo en que las cosas se le aparecen al hombre es un modo de ocultamiento, de velamiento. Las cosas se presentan revueltas, ocultando su verdadero ser. El proceso del conocimiento consistirá, pues, en desvelar el ser de lo ente. Por eso la verdad es aletheia, porque es des-ocultamiento y des-velamiento, y la búsqueda de la verdad consiste en andar el camino, paso a paso, de lo que las cosas aparentan ser a lo que las cosas son. La esencia de la paideia se funda en la esencia de la verdad. Buscar la verdad es una manera de des-encubrir, de descubrir y desvelar.

            Heidegger recupera este modo de ver la verdad como aletheia. La no verdad es para el ocultamiento y oscuridad. La verdad que busca el dasein está oculta y velada por el modo en que las cosas se dan. La manifestación de la verdad como revelación tiene detrás un ocultarse originario. De este ocultarse procede la verdad:

“Justamente, mientras el dejar ser deja ser al ente en la particular relación en que entra con su relacionarse y así lo revela, justamente, entonces, vela al ente en su totalidad. El dejar ser es así en sí al mismo tiempo un velar. En la libertad existente del Dasein sobreviene así el oscurecimiento del ente en su totalidad”[2].

Es a través del ocultamiento como se presentan los entes singulares y como la no verdad y la verdad se relacionan.


[1] PLATÓN, República, VII, 514 a- 517 a. Alianza Editorial, Madrid, 2006, págs. 405-410.
[2] Este texto pertenece a la obra de Heidegger De la esencia de la Verdad. La cita ha sido sacada de Vattimo, G. Introducción a Heidegger, Gedisa, Barcelona, 2006. Págs. 73 y 74.

JEAN JACQUES ROUSSEAU. DEL CONTRATO SOCIAL.

  Me propongo analizar los conceptos básicos de voluntad general, atendiendo al proceso de formación de este concepto y su oposición con las...